jueves, 20 de diciembre de 2012

Lo que "au revoir" significa

Último día en Efe, último día en Baríis.

Si hace doce meses me hubieran dicho que en este momento me encontraría aquí,  pocos minutos después del inicio de mi primer fin del mundo, en la capital de Francia, no habría podido creerlo.

Mi destino era El Cairo, esa ciudad áspera, caótica, polvorienta, cálida, violenta, dinámica, y lejana, muy lejana, sentimental y geográficamente,  de todo cuanto había conocido hasta la fecha.

Sin embargo el destino giró, dio una vuelta de tuerca de más y me plantó de culo en otra capital europea, en un lugar de calles asfaltadas, red de transporte común moderadamente puntual y una lengua dulce aunque decepcionantemente conocida.

Cuando llegué me podía la rabia y el hastío antes siquiera de haber empezado.

Y sin querer me fui adaptando.

Es ahora cuando me doy cuenta de que sí, no cabe duda de que El Cairo habría sido una experiencia increible, pero posiblemente allí no habría tenido acceso a ciertas cosas que aquí si he tenido la oportunidad de conocer.

En Baríis he oído cientos de veces voces en árabe, pero también en chino, japonés, alemán, italiano y turco, hablando no de torres Eiffeles, sino de hacer la compra o ir a la lavandería, haciendo de esta ciudad una cotidianeidad políglota.

En Baríis he podido hablar con gente que ha vivido dictaduras y revoluciones, he llegado incluso a entrevistar al futuro presidente del Consejo Nacional sirio; pero también he visto y escrito sobre el extremadamente frívolo mundo de la moda, la indigencia surrealista e impropia de un supuesto Estado de Bienestar con mayúsculas o la explosión cultural que sólo puede encontrarse en un lugar donde, como me dijo una entrevistada, el arte es un bien de Estado.

He hablado como personas tan variopintas y diferentes como Stéphane Hessel y Rossy de Palma; Romeo Langlois y Plácido Domingo; he conocido a dictadores africanos, indígenas latinoamericanos, estrellas del rock y del cine, nacional e internacional, refugiados kurdos y diseñadores de alta costura.

Estar en Baríis ha mantenido cerca a quien más quiero.

Del lugar al que no fui, probablemente me he perdido historias que no podré recuperar, pero me quedan tantas otras por vivir que ya no me preocupa en absoluto.

Sólo sé que estoy aquí y ahora, y que formo parte del tipo de personas que aman de la misma forma partir y llegar, y que donde están acaban sintiéndose bien.

Lo describía perfectamente  el escritor Jean Claude Izzo, uno de esos hombres que es al mismo tiempo de todas partes y de ningún sitio: “ser de otro lugar lo cambia todo, pero en cualquier caso, allá donde estoy, siempre me siento en casa”.

Y así es: aunque no sepa por cuanto tiempo, Baríis se ha convertido en mi casa, así que aunque mañana coja un avión de vuelta a Madrid, en enero vuelvo aquí, a esta ciudad poliédrica que es tantas ciudades a la vez.

Yo me voy, Baríis, pero volveremos a vernos de nuevo, porque aunque traduzcamos “au revoir” como “adios”, en realidad significa “hasta la vista”.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los otros hijos de Francia

 Cuando hacía apenas unos días que acababa de llegar a Baríis, un chico se me acercó en el Canal de Saint Martin con la evidente intención de ligar conmigo. Tras notar mi “petit accent” (tal y como lo llaman aquí, ya sea el acento ligero o descarado), me preguntó por mi procedencia. 

-Española, respondí, y no pude evitar devolverle la pregunta sobre sus orígenes, teniendo delante a una persona que pese al dominio nativo del idioma, tenía unos rasgos más cercanos a los que se ven en el norte de África que en la tierra de Montesquieu. 

Raudo como una bala, el chico contestó sin dejarme terminar la pregunta: FRANCÉS. Soy francés. He nacido en Burdeos, vale? 

Un estudio publicado esta semana  por el INSEE, el Instituto Nacional de Estadística galo, pone de relieve una característica particular de Francia frente a otros países con un fuerte flujo migratorio: aquí, el número de hijos de inmigrantes nacidos con la nacionalidad francesa sobrepasa al de los propios migrantes.  

En Francia ya son 6,7 millones de personas, el 11 % de la población francesa. Veamos cómo anda el país de la "Liberté, Égalité et Fraternité" en materia de integración. 

El baremo de las parejas "interraciales", que puede considerarse un buen termómetro de lo bien que se integran los extranjeros y de la aceptación que estos reciben por parte de los propios franceses, cumple con creces.

En Francia, la cantidad de descendientes "mixtos" -osea, con un padre o madre francés y el otro nacido en el extranjero- es amplio, lo que demuestra que los matrimonios y las uniones entre personas de origen distinto se producen. De hecho, basta con salir a la calle y darse una vuelta por casi cualquier barrio de Baríis para ver críos cuyos padres combinan toda la paleta de colores imaginable.  
 
Aun así... hay cosas que chirrían, y aunque la discriminación sea difícil de demostrar, el propio estudio afirma que aún quedan muchas cosas por resolver. 

En él se explica que, pese a que la gran mayoría de los hijos de inmigrantes se siente francés (un 90 %), existe un 10 % que no lo vive así, aunque haya nacido en este país. 

Entre los descendientes de extranjeros, un 67 % cree que los demás le perciben como francés, pero, ¿qué pasa con el 33 % restante?   
Futuros albañil, peluquera y conductor de metro
Ya en el colegio, el 14 % de los nenes con padres de otro país cree que lo tratan peor que a los otros niños. Cuando llegan a la secundaria, a la hora de orientarles, sus profesores les aconsejan en mucha mayor medida que a sus compañeros hacer una formación profesional en vez de ir a la universidad.

Un pequeño matiz previo: estamos de acuerdo, sería estúpido ignorar que un emigrante parte casi siempre de un nivel socioeconómico más bajo que un nativo.  Dicho esto, no podemos pasar por alto algunos otros datos del informe:

- Aunque se jalea el que los hijos de inmigrantes tienen una mejor formación que sus padres, sorpresa :  cinco años después de terminar su educación, el paro entre los franceses de padres nativos es del 11 %... mientras que entre los hijos de africanos es del 29 %
- Mientras que sólo el 7 % de la población francesa vive en las llamadas “Zonas Urbanas Sensibles” (osea, barrios chungos con alto desempleo y enormes problemas de violencia e inseguridad), entre los hijos de inmigrantes está cifra sube al 14 % 

- Basándose en 12 criterios objetivos y en la propia opinión de los habitantes, el 66 % de las familias francesas nativas viven en viviendas “de buena calidad”. En el caso de las familias formadas por descendientes de inmigrantes baja al 59 %.

- En cuanto al "nivel de vida" en general, que evalúa varias condiciones relativas, parece que en un hogar de inmigrantes la calidad es un 30 % inferior al de uno francés. Una generación más tarde, los hogares de hijos de inmigrantes siguen siendo un 12 % peores.  

- La tasa de pobreza, que en 2009 era del 13,5 % entre el conjunto de los franceses, alcanzaba al 37 % de los inmigrantes y aún al 20 % de sus descendientes. 
 
 
Mi conversación con ese chico me hizo darme cuenta de algo: cuando tus padres no nacieron en Francia pero tú sí, no sólo debes ser francés, también debes parecerlo. Al menos, si quieres tener las mismas oportunidades que el resto.

Aunque la religión y las costumbres del país de origen de los padres tenga mucho que ver con el grado de adaptación de sus hijos a otra cultura (una persona cuyos padres proceden de Alemania comparte más elementos de identidad con los franceses que alguien venido del norte de África), en demasiadas ocasiones no se sabe muy bien si es la falta de ganas de integrarse la que favorece la exclusión por parte de la sociedad francesa o es la discriminación previa la que hace a estos hijos de inmigrantes volverse hacia sus orígenes y dar la espalda al país al que emigraron sus padres. 

El nombre y el color de la piel siguen contando, y a la hora de buscar un trabajo o conseguir un alquiler, deben demostrar su valía más que quienes se apellidan Martin o Fournier. 

En un artículo genial en la web "Rue 89", el joven periodista Borhene M., francés de origen magrebí, lo exponía con crudeza e ironía a partes iguales:

“Yo formo parte de ese 90 % de franceses hijos de inmigrantes que se siente francés, pero hay veces en que caigo al otro lado, en el otro 10 %.
Te pasa cuando mandas tu curriculum a una empresa (en la que te pagarán una miseria y para un puesto para el que estás sobrecualificado) donde trabaja un amigo tuyo “francés francés” porque te ha dicho que buscan como locos al alguien.  Al no tener noticias de la empresa, acosas a tu colega hasta que se cansa y te dice: 'ya, en realidad es que parece que no contratan mucho a moros…'. 
O cuando en un control policial “de rutina”, un poli te dice que quiere registrar "tus pelotas de árabe" y te pide que te tires al suelo. 
O cuando uno de sus colegas hace entrar a un perro en tu coche en busca de hachís mientras que en el coche de delante un grupo de rubios se hincha a porros."
 
Una pareja de franceses cualquiera
 Frente a una realidad que en demasiadas ocasiones le es hostil, la famosa “segunda generación” busca su lugar y se abre paso en la sociedad francesa -al fin y al cabo, la que mejor conoce- como puede: a veces con silenciosa resignación, otras veces a codazos. 

A pesar de los prejuicios, Francia cada día es más plural, gracias entre otras cosas a estos hijos de inmigrantes, de los que, según el informe, sólo dos de cada diez tienen como pareja a alguien de su mismo origen.
 
Conscientes de lo que les hace distintos, estos jóvenes van normalizando la diferencia. Por eso, quizá un día no muy lejano la pregunta “¿de dónde eres?” no ponga a nadie a la defensiva.

jueves, 4 de octubre de 2012

Mitos y realidades de la Moda en Baríis


Amigos y amigas: con motivo del fin de la Fashion Week, he decidido romper el silencio en esta bitácora con una nueva entrada.

Aunque hasta ahora me haya resistido a ver esta bendita ciudad con objetividad y haya ignorado que la Moda se respira en ella en todas sus formas, tras ocho meses de residencia en la capital francesa he decidido rendirme a la evidencia: mi blog no se llama La Vie à Baríis por la transcripción fonética de la escritura en árabe de París, se llama Baríis por la palabra Bobo. Baríis es el lugar Bobo por antonomasia.

Para quien se pregunte de qué hablo, Bobo, en argot francés, parte de la contracción “Bourgeois-Bohème” (Burgués-Bohemio) y define como ninguna otra acepción el snobismo y gafapastismo que inundan las calles de esta ciudad. En cualquier momento y en cualquier situación, comprando el pan o durante la visita semanal a la lavandería, se puede observar a personas que han dedicado al menos tres horas y la mitad de tu salario mensual a vestirse en código casual-divinodelamuerte.

Baríis es fashion, como prueba el hecho de que se trata del único lugar en la Tierra donde las dos reglas que cualquier madre enseña a su hija a temprana edad (“no mezclarás ni azul marino con negro, ni  rayas con cuadros”) se saltan a la torera sin que ello arruine el look hiper cool del personal.
Tras esta breve introducción, espero que nadie ponga en duda que la Fashion Week o Semana de la Moda en Baríis, que en tanto que periodista, me toca vivir de cerca, es MIL VECES más infernal que la Fashion Week de Milán, Nueva York o Madrid.

Tras consultar a numerosos expertos y vivir en carne propia la experiencia, a continuación relato los mitos y realidades que rodean este acontecimiento “cultural”.


Vestido super ponible un lunes cualquiera
1. Sólo existe una Fashion Week: FALSO. A falta de una, a lo largo del año se celebran varias Fashion Week: la de la Haute-Couture, la del Prêt-à-Porter (o Listo-para-llevar, aunque nadie en su sano juicio saldría a la calle con las prendas que desfilan por las pasarelas estas semanas), la de Moda para hombre, la de Primavera/Verano, la Otoño/Invierno…de esta forma, la fiesta está garantizada tooodo el año.

2. Se trata de un evento elitista en todos los sentidos: VERDADERO. Desde el inicio hasta el final de los desfiles, tanto si te toca trabajar en ellos como si “sólo” asistes como espectador, podrás entender de qué hablo. En muchos sentidos, se asemeja bastante a plantearte salir de fiesta a una discoteca ultra pija: hay que hacer una cola de espanto para pasar, entran primero los super guays que conocen a los puertas (esto vale para invitados y para fotógrafos y cámaras), dentro la música está a toda ostia, y sólo hay tías buenas y gente con pasta.

3. En él reina la profesionalidad: FALSO.  Los desfiles comienzan sin excepción entre media hora y una hora tarde. El podium donde se sitúan cámaras y fotógrafos suele medir unos 10 metros cuadrados y en él deben entrar unos 50 profesionales, lo cuál es como mínimo incómodo y en la mayoría de los casos, un atentado contra los derechos humanos. Trabajar en un pequeño Babel donde un japonés te mete su objetivo por el ojo, un francés te golpea la cabeza con el codo mientras dispara y debes encajarte en unos 35 centímetros sin respirar para encontrar el buen plano… NO ES FORMA DE TRABAJAR. La mejor parte (la única buena, en realidad) llega cuando, en medio de una sala repleta de gente vomitiva y con un desfile que no comienza, los fotógrafos italianos empiezan a berrear a 3.000 decibelios “LET’S GO, CAZZO!!!” ante la mirada indignada de las celebrities y gente de bien que compone el público.


Mis coleguis y yo esperando a que Chanel de la cara
4. Entre fotógrafos y profesionales de la moda reina el compañerismo: SÍ y NO. La delgada línea entre el amor y el odio es prácticamente transparente en esta modalidad fotoperiodistica. La ley del ‘sálvese quien pueda’ impera: el simpático italiano que te ha ofrecido un café en la cola puede escupirte al comprobar la inviabilidad de hacer su trabajo porque tú ocupas el lugar que, según él, le corresponde; el  chinito sumiso que responde en inglés y con una sonrisa al gorila de seguridad cuando éste le dice que “sin pase al backstage, no entras en el backstage”,  puede convertirse en un super hombre que no desiste y se cuela por cualquier recoveco  -hasta vistiéndose de modelo, si es necesario- para hacer sus fotos, hasta que el gigante viene a ponerlo otra vez de patitas en la calle. Esa francesita tan entrañable que te ha abierto un hueco a su lado, puede sufrir una crisis de ansiedad y comenzar a aporrear al cámara alemán de cinco metros que tiene al lado porque le ha movido sin querer el encuadre. En algún lugar leí que los fotógrafos de guerra a veces se pasan a la moda… y puedo creérmelo.

5. Es el mundo esperpéntico por excelencia: VERDADERO. Pocas veces se puede encontrar uno frente a una paradoja de tamañas dimensiones: lo hortera, chabacano y absurdo abunda en el lugar donde debería reinar el buen gusto.  Las pintas de la banda tiran para atrás.


Una Paris Hilton hortera cualquiera firmando un autógrafo
6.  La estupidez prevalece por encima de todo: VERDADERO. Aunque haya más de un pretendido intelectual paseándose por estos lares, lo cierto es que la mayoría de las personas que ‘viven’ este evento cultural nadan entre la frivolidad y la necedad más absolutas. Aunque haya excepciones como en todos lados, la brillantez de los comentarios del público, de las modelos y de los diseñadores deja ojiplático a cualquier ser humano normal que se pare a escuchar. Me es imposible ilustrar esta última parte por exceso de ejemplos, pero supongo que podréis comprenderme.


Venga, va, ¿quién se apunta a cubrir el próximo desfile?

miércoles, 25 de julio de 2012

Construir en el fin del mundo

La semana pasada salí de Baríis y me fui al norte de Francia en misión ‘reportaje’. La Agencia (y esto es un logro, porque no tenemos ni para bolis) había accedido a pagarme un billete a un pueblecito costero llamado Boulogne Sur Mer, en Pas-de-Calais, para ver de cerca un proyecto de vivienda social muy particular. Para quienes no tengáis muchas nociones de lo que supone ir al norte de Francia, más allá de sus bellísimos paisajes, os pondré en contexto.






Cuando llego a lo que comúnmente describiríamos como ‘culo del mundo’, sólo debo coger dos autobuses y caminar por unos terraplenes apartados de la mano de Dios para llegar a mi destino: la rue Auguste de Lacroix, tres hileras de casas que por sus colores bien podrían haber estado en Pinar de Río (Cuba), o en el popular barrio de Caminito, en Buenos Aires.

 Esas casitas asomadas al Canal de la Mancha y azotadas por un viento inclemente, que datan de los años 40 y solían ser vivienda de pescadores, hoy tienen como inquilinos a familias de bajos recursos y de las capas sociales más marginadas de Boulogne. Aquí la gente se dedica a la chatarrería, a la pesca, y a ver pasar la vida.

Sophie Ricard, una barisiina de 29 años, arquitecta encargada de la rehabilitación de estas viviendas, me abre la puerta con una amplia sonrisa. Su pequeño estudio, incrustado en la calle en reconstrucción, es al parecer la casa de todo el mundo.

En dos horas de entrevista, llaman la señora Nadia, que tiene un problema de humedades, un joven en chandal estilo delegación olímpica española que quiere compartir el rato y un poco de hierba con ella, obreros pidiéndole mediación con unos inquilinos, una marabunta de críos que se mueren de risa por mi acento y queren que salga a jugar con ellos… el desfile es interminable.
Sophie me cuenta que se mudó a ese lugar apartado de todo en julio de 2010 para compartir conocer a los vecinos, para hacerse ‘adoptar’ por ellos. Para adaptarse a sus necesidades, aprovechar sus habilidades y hacer sentirse útil a unas personas marginalizadas que, pese a ello, tenían mucho que ofrecer.
De hecho, la mayoría ha colaborado de forma activa en la renovación de sus viviendas. Juntos han trabajado en el aislamiento, reforma y embellecimiento de estas casas deshechas e insalubres que se caían de puro viejas, contando siempre con los habitantes, con su gusto “especial” (los papeles pintados elegidos para renovar las paredes merecerían un album de fotos) y su ilusión.
Materiales ecológicos y fomento del empleo en el barrio, al tener que contratar a chicos del vecindario, son dos buenos requisitos que se exige a la decena de empresas que participan en este proyecto, que demuestra cómo las cosas pueden hacerse de otra manera.
A la hora de hablar con los vecinos, Sophie me hace de traductora. El habla del Norte es una especie de gorgojeo de difícil comprensión. Eso, cuando no cambian directamente al Ch’tis, el dialecto local, sólo apto para nativos francófonos con buena intención y mucha paciencia.


La gente me cuenta que desde que el proyecto comenzó, cada vez hay menos robos y menos problemas en el barrio. Que la dejadez ha dado paso al orgullo de saber que se ha contribuido a mejorar su lugar de residencia. Que las relaciones entre los vecinos han mejorado.
Por aquí han desfilado todo tipo de asociaciones, de personas tratando de poner su granito de arena. "Nos vino un artista para hacer un taller de veletas personalizadas", me cuenta mostrándome la foto de un joven con bigote rubio a lo Dali y camiseta de rayas, "pero se cayó de un tejado, se abrió la cabeza y se acabó la experiencia", dice entre risas.


Ahora ponen su vista en un parque-jardín para que los niños jueguen y aprendan. Les va a ayudar un arquitecto japonés, Kinya Maruyama, del que al parecer los enanos también se burlan por su acento.
Quieren habilitar un local para que los chatarreros sigan con el oficio, el único que da de comer por aquí, ya que el alcalde dice (y no le falta razón), que los coches destripados en mitad de la calle no dan muy buen aspecto.
Aunque queda por ver si cuando Sophie haga sus maletas dentro de seis meses, las cosas no volverán al punto de partida, parece que hay mucha gente dispuesta a seguir reconstruyendo, creando y compartiendo.
De las casitas de colores parece desprenderse una rara armonía, a juego con la nueva solidaridad que se va tejiendo entre los vecinos de este barrio olvidado en el norte de Francia.

jueves, 12 de abril de 2012

Especies y Especímenes de Baríis (Chapter One): Mi compañera de piso


Para comenzar este post, pido disculpas -sobre todo, a mí misma- por abandonar el blog más de un mes. La suma de comentarios, jocosos a mi alrededor (“igual que lo abriste, lo cerraste, eh??”) y alentadores en el muro del caralibro (algo sobre alegrar mañanas :D ), me han hecho volver aquí para hablar un poquito más de la realidad bariisina, que no es otra sino MI realidad bariisina. Aviso de paso de que ésta es una recopilación de historias que algunos ya se saben de memoria. Ahí va.


Con la entrada que sigue abrimos una nueva serie, la de especies y especímenes de la ciudad. Probablemente ninguna otra sea tan exhaustiva como ésta: no en vano, he pasado dos meses de mi vida conviviendo/malviviendo con esta… individua.
Aunque si no recibo mi fianza de vuelta, pegaré una foto suya con la palabra “WANTED” y lanzaré ñordas de perro a su ventana si es necesario, en principio, para proteger su intimidad, la llamaré Véronique.

Véronique fue la causa de mi primera entrada en el blog: por extraño que parezca, fue ella quien me buscó en la página de alquiler de pisos, lo que es algo inaudito en Baríis (para más info, lean este post).
Echando la vista atrás… ese detalle debería haberme hecho sospechar. Sin embargo, en ese momento me encontraba en la miseria más absoluta, y acepté su oferta sin dudar.

La casa de Véronique, a priori era pequeña, pero estaba limpia, ordenada y bien decorada, si exceptuamos el abanico con la bandera española que había adosado a mi puerta como entrañable gesto de bienvenida.  La cosa iría así: yo dormiría en la única habitación de la casa y ella, en el salón.
Bien posicionada en la treintena, Vér, como le gusta que la llamen, peina una mata de rizos rubio platino, tiene un tono de piel sospechosamente anaranjado para vivir en Baríis y luce un tipo que no hace intuir ni de lejos la hija que parió hace quince añazos.

La niña, por si alguien se lo pregunta, vive en Nantes con su padre, ya que mi compañera de piso no tiene ni tiempo ni ganas (sic) para ocuparse de ella, si bien la ama “con todas sus fuerzas” y cuando va a visitarla se deja 300 pavos en regalos.
Aunque se dedica al turismo (o eso dice) porque le gusta viajar, lleva en paro 7 meses porque ningún empleo colma sus expectativas profesionales y en realidad su vida se reduce a una sola actividad: adorar a la Diosa yo.

Podríamos incluirla en ese tipo de personas que constituye una categoría vital por sí misma: la de trasnochados a los que un viaje de tres semanas por la India dejó en un estado de dudosa salud mental.
Desde que volvió de allí, Vér vive por y para la autorrealización personal.  A ella le importa ella y nadie más, como prueba la ausencia de “ça vas?” por su parte en 60 días de cohabitación.

Nada más despertarse, a eso de las tres de la tarde, Vér enchufa la minicadena portátil y se lía con los ritos Ohmnianos. Una suave música chill out invade la casa y una voz sensual, estilo Avast (“La base de datos de virus ha sido actualizada”) le repite una y otra vez que Ella es su propia fuerza interior, su energía motriz y su musa celestial.
El cd de meditación y la peste a incienso la acompañan mientras toma su baño relajante, mientras bebe su leche de soja con cereales bio, mientras caga (mierda bio, imagino) y mientras practica sexo (repito, en el salón, zona obligada de paso para mí, a la hora que sea del día) con su novio Bilal, otro colgado zen.

La música la acompaña a ella, y a mí también, puesto que vivimos en un piso de 25 metros cuadrados.
Vér ha escrito en las baldosas de la cocina frases orgásmicas como “Dios limpia mi alma de cualquier error humano y me acerca a la luz divina” con rotulador indeleble, no sea que en uno de sus arrebatos maniaco-depresivos de limpieza compulsiva le dé por intentar borrarlo.

Porque Vér limpia TODO: desde las huellas dactilares en el microondas hasta la cara interna de la puerta de la lavadora. Pasa la aspiradora tres veces al día. Abre mi armario para doblar mi ropa.

Por último, cuando Vér no limpia ni medita, habla por teléfono.
Este hábito, que podría considerarse un gesto natural que todos practicamos diariamente, en su caso se convierte asimismo en un acto esquizoide.

Véronique descuelga el teléfono y  suponemos que, por piedad,  al menos durante la primera hora y media de conversación, alguien escucha al otro lado. Sus charlas son un monólogo ininterrumpido en el que aquel que no hable francés solo distinguirá un ronroneo parecido al que hacen las neveras y que suena así: JJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJE. Je. Yo, en español. Salpicado de moi’s.
 ¿¿¿Quién, santo dios, quién, escuchará a esta mujer hasta SIETE HORAS SEGUIDAS desvariar sobre sí misma y sus problemas con el universo???

Se aceptan las apuestas, pues en dos meses de convivencia, las dos únicas personas que pasan por casa son el susodicho Bilal y un tal Pierre, instructor de autorrealización personal y canalizador energético, recién llegado de Taiwan, al que la colega suelta 70 eurazos por hora y media de terapia.

Cuando finalmente decido abandonar el barco antes de volverme tarumba, (por ese y otros motivos), Véronique y yo discutimos a causa de la fianza.
Resulta que pese a soltar esa fortuna al brujo, vivir de comida bio, que sale por un ojo de la cara, y los regalos para su niña, ella jura y rejura que no tiene dinero para devolverme el dinero. Lógico.

El rebote nos dura un par de días, hasta que me doy cuenta de que es mejor estar a buenas si quiero ver de vuelta mis 400 euros, así que trato de hacer las paces poniéndole mi mejor sonrisa conciliadora.
 “En realidad no quería contártelo”, me dice muy seria, "pero cuando vino Pierre (el brujo), hizo una limpieza espiritual de toda la casa”. Fantástico, ¿y?

“Bueno, me dijo que tanto tu habitación como una parte del salón, de la cocina y del baño, estaban impregnados de energía negativa, y eso me ha cabreado bastante, es por eso la discusión por el dinero”.
Aunque me cuesta creer que pese a los cuarzos, los budas, la sal gorda, las frases en la pared y todos los malditos talismanes que decoran el piso, mi negatividad haya logrado “impregnar la casa”, cruzo los dedos para que no me descuente la limpieza energética de la fianza. Y cuento las horas para salir de ese antro infernal.

UPDATE: Llamo y llamo pero no responde.. ¿Alguien se apunta al lanzamiento de excremento canino?


martes, 14 de febrero de 2012

Apuntes sobre Baríis bajo tierra

[Entrada no especialmente ocurrente para hacer bulto y no descuidar el blog ante una evidente falta de inspiración]

Los improperios sobre el transporte público, vivas donde vivas, forman parte de la conversación diaria en cualquier gran ciudad. Lo digo para que no penséis ‘mira esta, se cree que ha inventado la rueda’. Sin embargo, tras un día especialmente productivo en quejas relativas a la calidad del suburbano baríino –que no debe ser tan malo cuando los otros medios ni los he pisado-, he decidido compartir algunas impresiones.

La primera es que… cada metro, como cada ciudad,  es un mundo. 

Y estas, las siguientes:

• Señalización, ¿y eso qué es? En el metro de Baríis, encontrar la salida, sobre todo cuando vas con prisa, se convierte en una yincana. La palabra “sortie” se encuentra en una de cada tres bifurcaciones. Cuando subes y bajas las escaleras y deshaces el camino andado, la gente no se ríe: te mira entre compasiva y solidaria. En muchos casos comparte tu expresión de WTF, porque está igual de perdida que tú. Ah, si cuando llegas a un andén, dudas de si vas en la dirección correcta, date por jodido: el típico panel con la lista de paradas sólo está en los vagones, nunca en el andén. 

• Mira hacia la izquierda! Palurda de mí, siempre creí que el metro debía venir forzosamente por el mismo sentido que la circulación por carretera. Me parecía lógico, pues pensaba que si sales del metro por la mañana super sobado y vas a cruzar la calle, no tener que pensar: “Espera, ¿¿arriba o abajo?? ¿¿Izquierda o derecha??” minimizaba los riesgos de morir atropellado.  Madrid y Londres me confirmaron que ese era el orden natural de las cosas, Bruselas me pareció una rareza entrañable, pero ahora he descubierto que somos minoría. En realidad, cada suburbano viene por donde le sale del higo y en Baríis… es por la izquierda. 

• Mouse friendly. Los verás correr, esconderse, jugar al ratón y al gato con los viajeros. Deberás tener cuidado de no pisar alguno cuando vas buscando la salida. Esos pequeños seres marrones y peludos son los dueños y señores del metro baríisino.

• Aviso políglota anti-carteristas. En esta ciudad se asume que los rateros (como los ratones) están por todas partes, y se preocupan de avisártelo por megafonía en francés, inglés, alemán, chino y hasta en ruso (de la última no estoy segura). El tipo que lo dice en español pronuncia en un tono latinoamericano neutro que recuerda al entrañable acento de las primeras películas de Disney.

• Los carteles políticamente incorrectos no son bienvenidos. La publicidad es omnipresente y ubicua dentro y fuera de los vagones, pero las alusiones al sexo quedan prohibidas cuando son demasiado explícitas, no sea que a los chavales les dé por descubrir su sexualidad y ocupen el tiempo echando clavos (que es gratis) en lugar de dedicarse a consumirconsumirconsumir…

• Vagabundos como en casa. Con el frío que hace en esta ciudad, me parece lo más lógico del mundo que los homeless se aposenten en uno de los pocos sitios donde el aire no se congela al salir de la boca. Sin embargo, es curioso que, a diferencia de otros sitios donde he estado, aquí nadie los echa. Duermen en el andén, frente a las vías, comparten pitis y risas (de vez en cuando te piden fuego) y he visto a alguno de los trabajadores del metro llamándoles “chef” (jefe). Curioso asunto.

• El deporte local. Estoy segura de que los habitantes de Baríis romperían cualquier récord en las olimpiadas en la modalidad salto de valla. Saltan ellos y ellas, viejos y jóvenes (aunque los segundos, más), sea cual sea su raza, su afiliación política o su religión. Aquí esquivar los tornos es un arte y una tradición, y tan plenamente asentada, que s los trabajadores del metro se la refanflinfla y ni se inmutan. Sólo te miran pensando (supongo): “como os pille el revisor, os vais a cagar”.

• Por las vistas lo sabrás.  Cuando buscaba casa, descubrí un método simple y revelador para descubrir, antes incluso de bajarme del vagón y sin haber pisado antes una zona, si era chunga o no: si las vías iban sobre un puente en vez de bajo tierra, malo. Es posible que esta característica, como otras descritas arriba, se repitan en otras ciudades, pero me pareció una regla infalible y tenía que ponerla en común.

• Metro de Baríis: vuela. Pero sólo cuando quiere. Cuando no quiere, las puertas pueden permanecer abiertas durante un cuarto de hora largo en cada estación. Los grados de desesperación van en este orden, según lo que se escucha por el altavoz: 1º “Perturbations dans le traffic”: leve inquietud;  2º  “Traffic ralenti”: nerviosismo creciente;  3º “Traffic fortement ralenti”: cabreo incipiente; 4º “Traffic très fortement ralenti”: risa y resignación.  La risa va a más cuanto te das por vencido y cambias de línea para descubrir, por ejemplo, que en vez de atajar, has pasado del grado 2 al 4. Eso sí, en todos los casos el señor conductor repite sin pausa y con mucha educación: “Mesdames et monssieurs, patientez” (mezcla de “esperen” y “tengan paciencia”). Claro que, cuando llegas media hora al trabajo –otra vez- sueles responder mentalmente: “tu puta madre”.

martes, 31 de enero de 2012

El secreto está en los noodles

Aunque a priori no soy más fan de la cocina oriental que de cualquier otra, ya que en Baríis comer, igual que respirar, es caro, desde que he llegado aquí me he convertido en una apasionada de los noodles instantáneos, esos gusanillos de pasta deshidratada que mezclados convenientemente con agua hirviendo y con sospechosas sustancias en polvo, da lugar a una comida sana y nutritiva.
Bueno, quizá sana y nutritiva no, pero como cualquiera de sus múúúúúúltiples variantes no cuesta más de un euro, se trata de una alternativa sensata al confit de canard o al coq au vin. Problema: son adictivos.
El caso es que con motivo del inicio del Año del Dragón en el calendario chino, el pasado domingo en Baríis se celebraron varios desfiles para celebrar tamaño evento, así que me acerqué al XIIIeme arrondissement (aka Chinatown) para felicitar el año a los nuevos responsables de mi dieta.


Ya sabemos que chinos hay por todos lados, pero lo que no esperaba ver allí era un furor tan desmesurado por parte de los franceses hacia esta comunidad, que en la ciudad cuenta con unos  150.000 miembros.
Pese a hacer un frío que crujía el alma, hordas de gente sonriente esperaban para ver pasar la comitiva. Padres y niños gritaban con alborozo “Bonne année, bonne année!!!” (Feliz Año Nuevo!!!) a cuanto chino pasaba, y eso que eran muchos.


 Hasta el señor François Hollande, candidato socialista en las próximas elecciones presidenciales que se celebrarán en Francia en tres meses, se dio un garbeo por el barrio como quien no quiere la cosa, a ver si captaba unos cuantos votos (¿os imagináis a Rubalcaba haciendo lo mismo?)

En ciertos momentos, los asistentes se incrustaban tanto sobre el desfile que provocaban comentarios con sorna como los de mi vecina de fila, -por cierto, de ojos rasgados- que se mofó de los otros en un impoluto francés con acento bariisino: “Mira, mamá, un chino de verdad, puedo tocarlo?”


Por su parte, los protagonistas del evento a su bola, risueños pese a la rasca, haciendo su númerito y devolviendo los saludos a todos los pesados que encima se empeñaban en tocar el los Dragones de tela brillante que se sucedían en fila india porquedabuenasuerte.
La euforia por lo asiático era tal, que entre los protagonistas pude ver numerosos outsiders, también engalanados, orgullosos y disfrutando de lo lindo, pese a tener de chinos lo que Hu Jintao de comunista (poco, en realidad).


Tras este baño de multitudes no me quedó ninguna duda: aunque aquí no cumplen una de las funciones sociales más importantes que se han encomendado en España (ser dueños de tiendas de Alimentación) los chinos están plenamente integrados en Baríis. Es más, me atrevería a decir que gozan de un gran prestigio social.
Mientras, aprovechando la receptividad de los espectadores, como es lógico en una cultura que nos saca años de ventaja, los desfilantes tiraban toda la publicidad que podían entre comitiva y comitiva, cuán Reyes Magos lanzando caramelos Paco en una vulgar cabalgata.

Ésta es la gente que domina el mundo, señores. Ellos y sus noodles.

jueves, 19 de enero de 2012

Encontrar piso en Bariis

Me enorgullece informaros de que… ya tengo casa.

La cosa parecía simple: llegar, llamar, visitar, y aposentarse. Pero no. Sufrir era necesario.Tras 70 euros gastados en llamadas, dos suscripciones previo pago de 22 euros a Appartager (esa gran página web), 20 idas y venidas por el metro bariisino y un pateo interminable por esta bendita ciudad, he encontrado un pequeño apartamento en el que vive una treintañera hippy-zen que me subalquila su habitación por 550 euros al mes.

Chicos, soy una privilegiada. Encontrar casa aquí en dos semanas se acerca bastante al milagro de los panes y los peces.

Aprovecho para dedicar este post a Rus Moya e Ignacio Marín, esas dos míticas personas sin las cuales me habría visto abocada a vivir bajo uno de los 37 puentes que unen las dos riberas de la capital francesa.

Lo que sigue es una pequeña lista destinada a todos aquellos que tengan intención de residir en esta bella metrópolis. He aquí algunos aspectos a tener en cuenta cuando buscas piso en ella:

1. La guerra. Cuando buscas alojamiento permanente en Bariis, te armas de fuerza y tesón porque ya te han avisado de que la cosa es dura. Así,  te levantas a las 6h30 para ir a comprar el PAP (Particulier à Particulier), periódico donde, como su nombre indica, se ofertan casas de particulares en modalidad compra, venta, alquiler y subalquiler. Comienzas a llamar a las 7h45 para descubrir que el contestador automático salta en 2 de cada 3 teléfonos, que algunos no permiten ni dejar mensaje porque a esa hora YA ESTÁN LLENOS (!!) y que los que sí descuelgan te piden que acudas a una hora determinada al piso en juego para hacer cola junto al resto de aspirantes. Algunos tienen cara de ansiedad, otros de desesperación, pero tú aún estás fresco e ilusionado. En algunas casas visitadas te comentan que, tras colgar el anuncio, reciben unas 50 llamadas al día y que en las primeras 24 horas les llegan unos 300 correos electrónicos.

2. El dossier. El dossier es una carpeta cuyo contenido demuestra que eres una persona respetable y de bien. En él se incluye todo a excepción (y sospecho que, en ocasiones, incluido) tu grupo sanguíneo. La carpetita en cuestión debe contener documentos tan fáciles de conseguir para un becario extranjero como un avalista francés (ja), tus últimas dos declaraciones de la renta (jaja), tus últimas 12 nóminas en las que debe reflejarse que ganas tres veces más de lo que cuesta el alquiler (jajaja), así como cartas de recomendación, curriculum, y un largo etcetera.
Se distingue claramente a los aspirantes a inquilino que no tienen alguno de los documentos necesarios por sus saltitos a derecha e izquierda y su sonrisa nerviosa mientras esperan su turno en la cola para visitar el apartamento de marras. Naturalmente, tú, becario extranjero, no sonríes: directamente, te descojonas, y los saltitos tienden a ser largos pasos resignados hacia la puerta consciente de que tus posibilidades de ser elegido tienden a cero.

3. El precio. Las grandes ciudades son caras. Vale. Sólo que aquí son extremadamente caras. Los alquileres oscilan entre los 400 euros (en algún lugar oscuro del extrarradio) y los 700, 800, e incluso 1000 euros por una habitación. La locura máxima. Naturalmente, hay gente dispuesta a pagar por ellas. Todo lo que baja de ese precio suele responder a alguna de las oscuras prácticas abajo detalladas.

4. La “estrechez”. En Bariis, los apartamentos son, por definición, pequeños. Las casas compartidas a tres o a cuatro son prácticamente inexistentes, y abundan aquellas en las que el propietario o inquilino deciden arrendar el salón y quedarse con el único dormitorio.  Las habitaciones “de paso” (de paso a otra habitación, a la ducha o al retrete) son moneda corriente. Y también es frecuente encontrar anuncios en los que se propone vivir en el salón de una casa, eso sí, preservando tu intimidad mediante… una cortina de plástico. Ellos te aseguran que la bonne convivialité está asegurada, pero a ti el rollo squat pagando no acaba de convencerte.

5. La “necesidad”. La necesidad agudiza el ingenio, sí, pero no sólo del que busca, sino también del que ofrece. Lo mejor que he visto por aquí ha sido un trastero convertido en habitación en el que no había váter ni ducha. El casero proponía a la aspirante a inquilina apuntarse al gimnasio que había a dos calles del inmueble para aprovechar sus baños y de paso, hacer un poco de ejercicio.

6. El morro. Aunque en todas las ciudades el mundillo del alquiler está plagado de timos, creo poder afirmar sin demasiados titubeos que Bariis se lleva la palma. Obviando la cantidad ingente de anuncios que ofrecen una habitación elegantecoquetaampliayluminosa por dos duros, y te piden que pagues tres meses de renta por Western Union antes de visitarla, por aquí he encontrado otra modalidad autóctona: la de casa por sexo. Y encima, pagando. Un ejemplo: “Hombre de 54 años busca mujer joven, ordenada, limpia y de buen aspecto para compartir estudio de 20 metros cuadrados. Precio: 450 euros al mes. La cama sería a compartir. Sólo personas serias. Abstenerse curiosos”. La pregunta inmediata que se plantea una es: aparte de chupártela, encima tengo que pagarte 450 pavos??????


El resto de asuntos, que haberlos haylos, los reservo para el libro de consejos que editaré algún día. Seguramente, será un éxito.

domingo, 8 de enero de 2012

"La vie à Bariis"

París es la ciudad de la luz, del amor y del Oh la la! Es ese lugar divino que tiene por emblemas la torre Eiffel, Eurodisney y el museo Louvre. Es la ciudad donde las chicas van trop chic pese a que hace trop froid (tiempo de mierda, en traducción libre al español). Es la ciudad de la moda y de la Bohème.


Sin embargo, París es también una ciudad de más de dos millones de habitantes -de un total de casi doce, si incluimos toda el área metropolitana- en la que cerca de la mitad de los residentes menores de 15 años tiene ascendencia extranjera, en particular de origen magrebí y de otras ex colonias francesas del África subsahariana.


En ella conviven personas de 110 nacionalidades.
En París una de cada cuatro personas es inmigrante.


Así pues, pese lo fascinante de la bohème, lo chic, Carla Bruni y la torre Eiffel, y sintiéndolo mucho por todos aquellos que vean en esos temas las claves de la capital francesa, este blog se dedicará a la otra cara de la moneda: a los colores, los olores, los sonidos y las voces que se dejan oír bajo la primera capa de la realidad parisina. Aquí hablaré de todos los países, culturas, religiones y tradiciones que conviven en esta ciudad de -a decir verdad- poca luz y mucha lluvia.
Conforme descubra, prometo ir informando.

 N.A.: Bariis es la transcripción al alfabeto latino de باريس, esto es, la pronunciación en árabe de París. El nombre de mi blog no tiene naaada que ver con el hecho de que en un principio me fuera a vivir al Cairo.