martes, 13 de enero de 2015

A vueltas con Charlie

Después de varios días de sobrecarga informativa, con el brutal atentado contra la revista Charlie Hebdo todavía a medio digerir, creo que se hace necesaria una reflexión, o más bien, varias reflexiones. Entre tanta profusión de pronombres (Je suis Charlie, Je ne suis Pas Charlie, Nous sommes tous Charlie, etc.) quizá hayamos perdido ciertas cuestiones de vista. Vayamos una por una.

JE SUIS  CHARLIE

Es la visión impuesta desde el primer momento, la forzosa, la necesaria, tras la masacre ocurrida en la sede de ese semanario, bien conocido por los franceses como publicación incómoda y provocadora. ¿Qué otro sentimiento que no fuera el de inmediata solidaridad podría haber despertado un suceso así? ¿Cómo no sentirnos aludidos, cuando el golpe fue tan cerca, tan inesperado, tan duro? La reacción en las calles de Francia y en otros muchos lugares del mundo no podía ser diferente: cientos de miles de personas gritando al unísono no a la violencia, no al terrorismo, sí a la libertad de expresión, sí a la libertad tout court.

JE NE SUIS PAS CHARLIE

Sin embargo, chocados y confusos como hemos estado, parecemos haber olvidado atar algunos cabos, y una semana después de lo ocurrido, creo que no estaría de más señalar unas cuantas incongruencias del discurso mainstream de las que al menos deberíamos ser conscientes:

Charlie Hebdo era una publicación hiriente y ofensiva (en mi opinión, claro)

La revista Charlie Hebdo publicaba caricaturas del islam radical para reírse de los fanáticos, pero también publicaba viñetas que eran poco o nada divertidas, cuyo único objetivo parecía ser el de decir “lo hacemos porque podemos, no nos importa lo que sintáis al respecto y sobre todo, lo seguiremos haciendo y no podéis hacer nada para impedirlo”

"El Corán es una mierda, no para las balas". Bonito título sacado a propósito de la matanza de cientos de partidarios de los Hermanos Musulmanes en Egipto


Quizá me equivoque, pero no me parece que otras revistas, como la española Mongolia, sean comparables. En primer lugar, porque se ríen de la institución eclesiástica y no de los católicos; en segundo lugar, porque los católicos en España no son una comunidad  menospreciada, con problemas de integración o discriminada. La musulmana en Francia, en muchas ocasiones, sí lo es. Con una parte de la población que pese a haber nacido francesa, continua sintiéndose extranjera en su propio país, sigue encontrando más problemas para acceder a un trabajo o una casa por su fe o color de piel, y tiene un partido como el Frente Nacional que le apunta directamente a la cabeza, reírse de la religión que profesa me parece directamente insensible y de mal gusto. Es muy bonito decir que Charlie Hebdo era un adalid de la libertad de expresión y que solo se reían del extremismo, pero podéis juzgar por vosotros mismos:


Rodaje de la escandalosa película sobre Mahoma: "¿Estás seguro de que Mahoma tenía sexo con una cabeza de cerdo?" "Tío, no tenía pasta para pagar a una puta de 9 años"  

"100 latigazos si no estáis muertos de risa". Perdón, no la pillo.


Jamás defenderé un acto brutal como el ocurrido a pocos metros de mi casa hace unos días, pero no puedo decir que comparta su visión sobre el uso que hay que darle a la libertad de expresión.

(Para quienes sepáis francés y os interese, en este artículo  previo al atentado un exdibujante de la revista explica, desde su experiencia, la “conversión” de Charlie Hebdo)


ILS NE SONT PAS CHARLIE

Además de euro o etnocentrista, si nos paramos a pensarlo, es de bastante mal gusto salir en masa por la muerte de 17 personas a manos de yihadistas en Francia, y no hacer el más mínimo gesto por las 2.000 personas asesinadas en Nigeria por Boko Haram (versión del Estado Islámico en África Subsahariana), solo un día antes de la multitudinaria manifestación en París.

Insisto: DOS MIL PERSONAS borradas de un plumazo, la peor masacre perpetrada por el grupo extremista según Amnistía Internacional, y NI UNA SOLA MENCIÓN (oficial o extraoficial) el domingo pasado. ¿Cuánto menos valen sus muertes?


Más de un millón y medio de personas salieron a la calle solo en París y 3,7 millones en toda Francia, por los 17 muertos en los atentados contra Charlie Hebdo y el supermercado judío


(Acabo de ver que El País también analiza el fenómeno)


ILS AUSSI ÉTAIENT CHARLIE

No es porque los muertos fueran europeos, sino porque ha sido un atentado contra la libertad de expresión, dirán algunos. En ese caso, alguna de las 96 muertes de periodistas,colaboradores y blogueros que se produjeron en 2014 según Reporteros Sin Fronteras por el mero hecho de ejercer su oficio, debería haber despertado una respuesta similar. ¿Lo hicieron?

(Por cierto, premio a quien le suene algún nombre de la lista, aparte de JAMES FOLEY, occidental asesinado por... exacto, de nuevo, el yihadismo islámico)


VOUS N’ÊTES PAS CHARLIE

Tras el atentado, el apropiacionismo y la hipocresía más lamentables han llegado una vez más de la mano de nuestros políticos.

No me voy a extender demasiado aquí porque otros han dicho muy bien  lo que representa esta imagen. ¿Se puede ser más cínico? Sí, pero nunca de forma tan gráfica



(Para quien no tengan ganas de entrar en el link, se trata de una lista exhaustiva de las distintas formas que tienen de mearse en la libertad de expresión buena parte de los líderes que presiden esta comitiva)



ILS NE SONT NON PLUS CHARLIE

Desde que Amedy Coulibaly, el tercer atacante, matase a 4 rehenes en un supermercado kósher al este de París, el Estado francés ha desplegado un impresionante dispositivo de seguridad frente a las escuelas y lugares de culto judíos.

Celebro que Francia proteja a sus ciudadanos y especialmente a un colectivo que es generalmente vulnerable  y mas en estos días. Sin embargo, ¿qué hay de los miles de musulmanes que no son terroristas, que no defienden el terrorismo y que tienen miedo de salir a la calle? La madre (musulmana y con velo) del policía al que asesinó hace dos años Mohamed Merah, el anterior iluminado yihadista, explicaba el domingo que la habían insultado cuando acudió a una manifestación de solidaridad con las víctimas de este último atentado.

Desde el 7 de enero se han registrado más de 50 ataques a lugares de culto musulmán. Así pues, más allá de pedir que no se haga amalgama entre islam y terrorismo, ¿dónde están las acciones concretas del gobierno galo para proteger a quienes también son ciudadanos franceses?


Musulmana francesa en una de las manifestaciones de estos días



Seamos claros: si pasan cosas como esta, es que hasta ahora algo no ha funcionado en nuestras sociedades.

Tirar por la vía de en medio, generar un megaestado policial, pedir que se vuelva a instaurar la pena de muerte o poner freno a la emigración, no conseguirán detener la fiebre yihadista dentro de nuestras fronteras.

Primero, porque como decía otro periodista con una tesis bastante distinta a la mía, “pedir cerrar la puerta a la inmigración musulmana como hacen tantos “patriotas”, equivale a cerrar las ventanas de una casa para combatir el mal olor de las cañerías”. Se refería, evidentemente,  a que el yihadismo está ya dentro.

Segundo, porque el caldo de cultivo del fundamentalismo son, antes que los textos sagrados o la fe en sí misma, las intervenciones en países extranjeros con el argumento hipócrita de imponer nuestros valores, o el menosprecio a sus correligionarios dentro de nuestra sociedad occidental. Deberíamos asumir que, como decía el jefe del Diyanet turco (Ministerio de asuntos religiosos, y ojo, que no suelo estar de acuerdo con esta gente), Occidente es en parte responsable de la radicalización de ciertos individuos que crecieron en el contexto de las guerras en Irak y Afganistán, y que hoy viven "con la consciencia herida" y "la identidad magullada".

No estoy excusando ni justificando EN NINGÚN SENTIDO los atentados en París, pero creo que si queremos evitar que vuelva a producirse algo parecido, a riesgo de sonar naïf, diría que tenemos que hablar de educación y de comprensión, entre ateos, agnósticos, judíos, cristianos y musulmanes.

En lugar de inventar Patriot’s Act a la francesa y blindar las fronteras, deberíamos exigir más diálogo y fomentar la integración. Porque si estos atentados sirven para que se recorten aún más nuestras libertades, ¿quién habrá ganado?

Una vez terminemos con la (necesaria) llamada a la defensa de la libertad de expresión y la condena a la violencia, terrorista o de cualquier otro tipo; una vez hayamos desplegado y ensanchado todos los dispositivos de seguridad pertinentes para evitar nuevos ataquesalademocracia; una vez hayamos llamado a la concordia y el respeto a todas las religiones, volvamos a lo realmente hace falta: debatir, para comprender y para lograr cambiar de esquema. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Hessel y la dignidad


Conocí a Stéphane Hessel hace apenas unos meses, cuando era una recién llegada a París.

Tuve la inmensa oportunidad de entrar en su casa, estrecharle la mano y grabar la entrevista que Efe le hizo con motivo de su última obra publicada en español (creo que hasta la fecha), “Comprometeos”.
A pasitos cortos, Hessel apareció en el umbral de la puerta y nos escudriñó con sus ojos pequeños y despiertos, después nos sonrió y nos llevó hasta un salón repleto de libros, donde respondió sin prisa a todas las preguntas formuladas, ofreciéndonos un decálogo de verdades en forma de respuestas largas, pero contundentes y precisas.
Un hombre que atraviesa dos siglos y se acerca a los cien años ya es una enciclopedia viviente. Cuando ese hombre ha sido parte de la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial, preso en los campos de concentración nazis, redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, diplomático y político en Francia, defensor de la causa palestina siendo de origen judío, y activo militante en prácticamente todas las causas sociales por las que la Humanidad ha luchado en las últimas ocho décadas, no solo ha participado de la Historia: ha hecho Historia.  
Y cuando una persona así es capaz de hablar sin arrogancia, con franqueza y sencillez, soltando verdades como puños, de esos que revientan toda la hipocresía que nos rodea, se convierte en pura y simple Inspiración.
Por eso, después de superar el soponcio que me ha dado este mediodía al oír a la presentadora del NODO -perdón,  del telediario de TVE- llamarle Steven o Stephen (WTF??), me ha cabreado enormemente que a priori solo le mencionase como el autor del libro “Indignaos”.
Aunque  Hessel se hiciera famoso a escala planetaria gracias a esta obra, me parece  infame que, en buena parte de los obituarios publicados hoy, “autor de” haya sido la primera y principal coletilla, como si ese fuera el mayor logro de este pensador y humanista irredento curtido en todas las batallas.
Stéphane Hessel no merece ser considerado el creador de los Indignados por haber escrito tal libro: sinceramente, no creo que la gente saliera a las calles al llegar a la página 64 del pequeño ensayo que publicó de forma visionaria un año antes del surgir de ese movimiento ciudadano.
Más bien, creo que presintió el burbujeo que subyacía en las sociedades de países como España, Francia, Israel y tantos otros,  vio lo que se avecinaba por la rabia latente que el sistema político y económico imperante estaba despertando en la gente y le puso el grito de guerra que después se ha popularizado en el mundo entero.
Pese a ello, me parece muchísimo más constructivo todo lo que dijo antes y después de “Indignaos”.  Porque Hessel, además de indignación, siempre pidió compromiso.
“Indignarse está muy bien y es necesario, pero después hay que comprometerse para cambiar aquello que nos ha sublevado”, recuerdo que aseguró en aquella entrevista.
Y en esas estamos. En poco, hará dos años del inicio de un movimiento llamado 15M, un levantamiento sin armas que a muchos nos hizo despertar de golpe a la realidad social que nos rodeaba.
No quiero agradecer a Stéphane Hessel su pequeño escrito, quiero agradecerle que nos recordara que, pese a tener 95 años, se puede conservar el idealismo y la ilusión por cambiar las cosas.
Que nunca se debe dejar de seguir luchando, porque cosas que creímos que nunca ocurrirían, pueden lograrse, y que a la inversa, derechos que dábamos por garantizados, nos pueden ser arrebatados.
Creo que nos quiso dar a entender que la indignación, si no se materializa en acciones concretas y en compromiso a largo plazo, se disuelve como si nunca hubiera existido.
Stéphane Hessel demostró que solo cuando a la indignación se suma una reacción, logramos  convertirla en dignidad.
Desde aquí, mi más sincero y humilde agradecimiento al sabio, al pensador, al gran hombre que fue.

martes, 15 de enero de 2013

Amor a la francesa

Francia ha empezado el año un tanto revuelta, y no por temas como la crisis o la intervención militar en Mali, sino por un asunto tan doméstico como es el matrimonio.

El pasado domingo, con un frío que cortaba el alma, íbamos a visitar a un amigo en la banlieu barisíina cuando una manifestación convirtió un trayecto de 40 minutos en una excursión de dos horas y media.

Generalmente acepto con estoicidad y sin quejas cualquier contratiempo que surja por culpa de una huelga o protesta, pero la empatía se me borró cuando me enteré de qué iba el asunto: manifestarse contra la ley puesta en marcha por el Gobierno de François Hollande para  legalizar el matrimonio homosexual.

La iniciativa del Ejecutivo galo, que no ha sorprendido a nadie porque ya iba en su programa electoral, sí ha logrado sublevar los ánimos del personal como sólo las leyes realmente progresistas consiguen hacerlo.

A la manifestación del domingo asistieron - vestidas significativamente de azul y rosa- entre 350.000 y 800.000 personas, un número nada desdeñable incluso si nos quedamos con la cifra más baja, en un país que presume de defender las libertades individuales y civiles por encima de todo.

El país europeo en el que primero se desató la revolución sexual de los 60, y que hizo surgir términos como “french kiss” o hacer el amor “a la francesa” aún se resiste a aceptar que existe más de un tipo de familia y que el matrimonio solo es “un sacramento” porque no es patrimonio exclusivo de la Iglesia, de ninguna.

Los argumentos de los detractores a esta ley desfilan entre una lógica cogida con pinzas como es la defensa del derecho del niño a tener “un papá y una mamá” a otros más peregrinos, como los de esta señora en otra protesta por los mismos motivos:



Os lo reproduzco:

(“La ganadora de la semana; incluso del año”)
Reportero: Si uno de sus hijos fuera homosexual, ¿cuál sería su reacción?
Manifestante: Sufriría y trataría de encontrar a una persona que lo curara, porque es un sufrimiento, también para ellos.
R:¿Es como una enfermedad, para usted?
M: Sí, un poco, sí. Es… contranatura… esperaría de todo corazón que se curara.
R: Y usted no tiene nada contra los homosexuales…
M: No!! Porque a los diez años, como mi madre no sabía hacer punto fue un hombre quien me enseñó. Guardo muy buen recuerdo, eh? Pero es algo contranatura, me acuerdo todavía.
R: Qué piensa usted de la sociedad actual…?
M: OHLALA! Es la decadencia... hemos traido una condena sobre nuestra sociedad, la cólera de Dios va a caer sobre Francia.
Presentador: Bienvenidos a la Edad Media!!


El tema está despertando respuestas más viscerales de lo habitual: un ejemplo, la Iglesia católica -que por lo general ni pincha ni corta en un país donde la laicidad se empuña como máximo estandarte- también ha empezado a malmeter en el asunto; otro, las activistas feministas de Femen se atrevieron a presentarse en una protesta anti-matrimonio gay y los venerables manifestantes les partieron la cara.

¿Pero por qué una ley que afecta a la vida privada de las personas solivianta de tal forma  a quienes no se verán afectadas por ella?

“Entiendo que se proteste para pedir más derechos, no para impedir que otros los consigan”, razonaba un amigo.

 El aspecto que más divide a la sociedad francesa respecto a esta nueva ley es la letra adjunta, a saber, la posibilidad real que se abre a la reproducción asistida y a la adopción homoparental.

Pese a ello, esta parte (que puede ser más controvertida y quizá merezca un mayor debate) no puede apoderarse del núcleo de la iniciativa legislativa: dar a las personas homosexuales la posibilidad de casarse con su pareja en las mismas condiciones que los heterosexuales.

Aunque el Gobierno  se ha dado por enterado de la fuerte oposición despertada por su proyecto, ya ha aclarado que no piensa dar marcha atrás. Un portavoz socialista recordó ayer que, incluso con todas las quejas que se están escuchando, “al igual que ocurrió en España, cuando los conservadores lleguen al poder seguramente aceptarán la nueva ley”.

Y yo coincido con este hombre. Porque  aunque a la derecha le encante oponerse a cualquier tipo de progreso social, al final acaban rindiéndose a la evidencia: divorciándose cuando el amor no da más de sí, abortando cuando lamentablemente tienen que hacerlo y en un futuro cercano, casándose con alguien de su mismo sexo, en los casos en que esa “terrible enfermedad” se haya abatido sobre ellos.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Lo que "au revoir" significa

Último día en Efe, último día en Baríis.

Si hace doce meses me hubieran dicho que en este momento me encontraría aquí,  pocos minutos después del inicio de mi primer fin del mundo, en la capital de Francia, no habría podido creerlo.

Mi destino era El Cairo, esa ciudad áspera, caótica, polvorienta, cálida, violenta, dinámica, y lejana, muy lejana, sentimental y geográficamente,  de todo cuanto había conocido hasta la fecha.

Sin embargo el destino giró, dio una vuelta de tuerca de más y me plantó de culo en otra capital europea, en un lugar de calles asfaltadas, red de transporte común moderadamente puntual y una lengua dulce aunque decepcionantemente conocida.

Cuando llegué me podía la rabia y el hastío antes siquiera de haber empezado.

Y sin querer me fui adaptando.

Es ahora cuando me doy cuenta de que sí, no cabe duda de que El Cairo habría sido una experiencia increible, pero posiblemente allí no habría tenido acceso a ciertas cosas que aquí si he tenido la oportunidad de conocer.

En Baríis he oído cientos de veces voces en árabe, pero también en chino, japonés, alemán, italiano y turco, hablando no de torres Eiffeles, sino de hacer la compra o ir a la lavandería, haciendo de esta ciudad una cotidianeidad políglota.

En Baríis he podido hablar con gente que ha vivido dictaduras y revoluciones, he llegado incluso a entrevistar al futuro presidente del Consejo Nacional sirio; pero también he visto y escrito sobre el extremadamente frívolo mundo de la moda, la indigencia surrealista e impropia de un supuesto Estado de Bienestar con mayúsculas o la explosión cultural que sólo puede encontrarse en un lugar donde, como me dijo una entrevistada, el arte es un bien de Estado.

He hablado como personas tan variopintas y diferentes como Stéphane Hessel y Rossy de Palma; Romeo Langlois y Plácido Domingo; he conocido a dictadores africanos, indígenas latinoamericanos, estrellas del rock y del cine, nacional e internacional, refugiados kurdos y diseñadores de alta costura.

Estar en Baríis ha mantenido cerca a quien más quiero.

Del lugar al que no fui, probablemente me he perdido historias que no podré recuperar, pero me quedan tantas otras por vivir que ya no me preocupa en absoluto.

Sólo sé que estoy aquí y ahora, y que formo parte del tipo de personas que aman de la misma forma partir y llegar, y que donde están acaban sintiéndose bien.

Lo describía perfectamente  el escritor Jean Claude Izzo, uno de esos hombres que es al mismo tiempo de todas partes y de ningún sitio: “ser de otro lugar lo cambia todo, pero en cualquier caso, allá donde estoy, siempre me siento en casa”.

Y así es: aunque no sepa por cuanto tiempo, Baríis se ha convertido en mi casa, así que aunque mañana coja un avión de vuelta a Madrid, en enero vuelvo aquí, a esta ciudad poliédrica que es tantas ciudades a la vez.

Yo me voy, Baríis, pero volveremos a vernos de nuevo, porque aunque traduzcamos “au revoir” como “adios”, en realidad significa “hasta la vista”.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los otros hijos de Francia

 Cuando hacía apenas unos días que acababa de llegar a Baríis, un chico se me acercó en el Canal de Saint Martin con la evidente intención de ligar conmigo. Tras notar mi “petit accent” (tal y como lo llaman aquí, ya sea el acento ligero o descarado), me preguntó por mi procedencia. 

-Española, respondí, y no pude evitar devolverle la pregunta sobre sus orígenes, teniendo delante a una persona que pese al dominio nativo del idioma, tenía unos rasgos más cercanos a los que se ven en el norte de África que en la tierra de Montesquieu. 

Raudo como una bala, el chico contestó sin dejarme terminar la pregunta: FRANCÉS. Soy francés. He nacido en Burdeos, vale? 

Un estudio publicado esta semana  por el INSEE, el Instituto Nacional de Estadística galo, pone de relieve una característica particular de Francia frente a otros países con un fuerte flujo migratorio: aquí, el número de hijos de inmigrantes nacidos con la nacionalidad francesa sobrepasa al de los propios migrantes.  

En Francia ya son 6,7 millones de personas, el 11 % de la población francesa. Veamos cómo anda el país de la "Liberté, Égalité et Fraternité" en materia de integración. 

El baremo de las parejas "interraciales", que puede considerarse un buen termómetro de lo bien que se integran los extranjeros y de la aceptación que estos reciben por parte de los propios franceses, cumple con creces.

En Francia, la cantidad de descendientes "mixtos" -osea, con un padre o madre francés y el otro nacido en el extranjero- es amplio, lo que demuestra que los matrimonios y las uniones entre personas de origen distinto se producen. De hecho, basta con salir a la calle y darse una vuelta por casi cualquier barrio de Baríis para ver críos cuyos padres combinan toda la paleta de colores imaginable.  
 
Aun así... hay cosas que chirrían, y aunque la discriminación sea difícil de demostrar, el propio estudio afirma que aún quedan muchas cosas por resolver. 

En él se explica que, pese a que la gran mayoría de los hijos de inmigrantes se siente francés (un 90 %), existe un 10 % que no lo vive así, aunque haya nacido en este país. 

Entre los descendientes de extranjeros, un 67 % cree que los demás le perciben como francés, pero, ¿qué pasa con el 33 % restante?   
Futuros albañil, peluquera y conductor de metro
Ya en el colegio, el 14 % de los nenes con padres de otro país cree que lo tratan peor que a los otros niños. Cuando llegan a la secundaria, a la hora de orientarles, sus profesores les aconsejan en mucha mayor medida que a sus compañeros hacer una formación profesional en vez de ir a la universidad.

Un pequeño matiz previo: estamos de acuerdo, sería estúpido ignorar que un emigrante parte casi siempre de un nivel socioeconómico más bajo que un nativo.  Dicho esto, no podemos pasar por alto algunos otros datos del informe:

- Aunque se jalea el que los hijos de inmigrantes tienen una mejor formación que sus padres, sorpresa :  cinco años después de terminar su educación, el paro entre los franceses de padres nativos es del 11 %... mientras que entre los hijos de africanos es del 29 %
- Mientras que sólo el 7 % de la población francesa vive en las llamadas “Zonas Urbanas Sensibles” (osea, barrios chungos con alto desempleo y enormes problemas de violencia e inseguridad), entre los hijos de inmigrantes está cifra sube al 14 % 

- Basándose en 12 criterios objetivos y en la propia opinión de los habitantes, el 66 % de las familias francesas nativas viven en viviendas “de buena calidad”. En el caso de las familias formadas por descendientes de inmigrantes baja al 59 %.

- En cuanto al "nivel de vida" en general, que evalúa varias condiciones relativas, parece que en un hogar de inmigrantes la calidad es un 30 % inferior al de uno francés. Una generación más tarde, los hogares de hijos de inmigrantes siguen siendo un 12 % peores.  

- La tasa de pobreza, que en 2009 era del 13,5 % entre el conjunto de los franceses, alcanzaba al 37 % de los inmigrantes y aún al 20 % de sus descendientes. 
 
 
Mi conversación con ese chico me hizo darme cuenta de algo: cuando tus padres no nacieron en Francia pero tú sí, no sólo debes ser francés, también debes parecerlo. Al menos, si quieres tener las mismas oportunidades que el resto.

Aunque la religión y las costumbres del país de origen de los padres tenga mucho que ver con el grado de adaptación de sus hijos a otra cultura (una persona cuyos padres proceden de Alemania comparte más elementos de identidad con los franceses que alguien venido del norte de África), en demasiadas ocasiones no se sabe muy bien si es la falta de ganas de integrarse la que favorece la exclusión por parte de la sociedad francesa o es la discriminación previa la que hace a estos hijos de inmigrantes volverse hacia sus orígenes y dar la espalda al país al que emigraron sus padres. 

El nombre y el color de la piel siguen contando, y a la hora de buscar un trabajo o conseguir un alquiler, deben demostrar su valía más que quienes se apellidan Martin o Fournier. 

En un artículo genial en la web "Rue 89", el joven periodista Borhene M., francés de origen magrebí, lo exponía con crudeza e ironía a partes iguales:

“Yo formo parte de ese 90 % de franceses hijos de inmigrantes que se siente francés, pero hay veces en que caigo al otro lado, en el otro 10 %.
Te pasa cuando mandas tu curriculum a una empresa (en la que te pagarán una miseria y para un puesto para el que estás sobrecualificado) donde trabaja un amigo tuyo “francés francés” porque te ha dicho que buscan como locos al alguien.  Al no tener noticias de la empresa, acosas a tu colega hasta que se cansa y te dice: 'ya, en realidad es que parece que no contratan mucho a moros…'. 
O cuando en un control policial “de rutina”, un poli te dice que quiere registrar "tus pelotas de árabe" y te pide que te tires al suelo. 
O cuando uno de sus colegas hace entrar a un perro en tu coche en busca de hachís mientras que en el coche de delante un grupo de rubios se hincha a porros."
 
Una pareja de franceses cualquiera
 Frente a una realidad que en demasiadas ocasiones le es hostil, la famosa “segunda generación” busca su lugar y se abre paso en la sociedad francesa -al fin y al cabo, la que mejor conoce- como puede: a veces con silenciosa resignación, otras veces a codazos. 

A pesar de los prejuicios, Francia cada día es más plural, gracias entre otras cosas a estos hijos de inmigrantes, de los que, según el informe, sólo dos de cada diez tienen como pareja a alguien de su mismo origen.
 
Conscientes de lo que les hace distintos, estos jóvenes van normalizando la diferencia. Por eso, quizá un día no muy lejano la pregunta “¿de dónde eres?” no ponga a nadie a la defensiva.

jueves, 4 de octubre de 2012

Mitos y realidades de la Moda en Baríis


Amigos y amigas: con motivo del fin de la Fashion Week, he decidido romper el silencio en esta bitácora con una nueva entrada.

Aunque hasta ahora me haya resistido a ver esta bendita ciudad con objetividad y haya ignorado que la Moda se respira en ella en todas sus formas, tras ocho meses de residencia en la capital francesa he decidido rendirme a la evidencia: mi blog no se llama La Vie à Baríis por la transcripción fonética de la escritura en árabe de París, se llama Baríis por la palabra Bobo. Baríis es el lugar Bobo por antonomasia.

Para quien se pregunte de qué hablo, Bobo, en argot francés, parte de la contracción “Bourgeois-Bohème” (Burgués-Bohemio) y define como ninguna otra acepción el snobismo y gafapastismo que inundan las calles de esta ciudad. En cualquier momento y en cualquier situación, comprando el pan o durante la visita semanal a la lavandería, se puede observar a personas que han dedicado al menos tres horas y la mitad de tu salario mensual a vestirse en código casual-divinodelamuerte.

Baríis es fashion, como prueba el hecho de que se trata del único lugar en la Tierra donde las dos reglas que cualquier madre enseña a su hija a temprana edad (“no mezclarás ni azul marino con negro, ni  rayas con cuadros”) se saltan a la torera sin que ello arruine el look hiper cool del personal.
Tras esta breve introducción, espero que nadie ponga en duda que la Fashion Week o Semana de la Moda en Baríis, que en tanto que periodista, me toca vivir de cerca, es MIL VECES más infernal que la Fashion Week de Milán, Nueva York o Madrid.

Tras consultar a numerosos expertos y vivir en carne propia la experiencia, a continuación relato los mitos y realidades que rodean este acontecimiento “cultural”.


Vestido super ponible un lunes cualquiera
1. Sólo existe una Fashion Week: FALSO. A falta de una, a lo largo del año se celebran varias Fashion Week: la de la Haute-Couture, la del Prêt-à-Porter (o Listo-para-llevar, aunque nadie en su sano juicio saldría a la calle con las prendas que desfilan por las pasarelas estas semanas), la de Moda para hombre, la de Primavera/Verano, la Otoño/Invierno…de esta forma, la fiesta está garantizada tooodo el año.

2. Se trata de un evento elitista en todos los sentidos: VERDADERO. Desde el inicio hasta el final de los desfiles, tanto si te toca trabajar en ellos como si “sólo” asistes como espectador, podrás entender de qué hablo. En muchos sentidos, se asemeja bastante a plantearte salir de fiesta a una discoteca ultra pija: hay que hacer una cola de espanto para pasar, entran primero los super guays que conocen a los puertas (esto vale para invitados y para fotógrafos y cámaras), dentro la música está a toda ostia, y sólo hay tías buenas y gente con pasta.

3. En él reina la profesionalidad: FALSO.  Los desfiles comienzan sin excepción entre media hora y una hora tarde. El podium donde se sitúan cámaras y fotógrafos suele medir unos 10 metros cuadrados y en él deben entrar unos 50 profesionales, lo cuál es como mínimo incómodo y en la mayoría de los casos, un atentado contra los derechos humanos. Trabajar en un pequeño Babel donde un japonés te mete su objetivo por el ojo, un francés te golpea la cabeza con el codo mientras dispara y debes encajarte en unos 35 centímetros sin respirar para encontrar el buen plano… NO ES FORMA DE TRABAJAR. La mejor parte (la única buena, en realidad) llega cuando, en medio de una sala repleta de gente vomitiva y con un desfile que no comienza, los fotógrafos italianos empiezan a berrear a 3.000 decibelios “LET’S GO, CAZZO!!!” ante la mirada indignada de las celebrities y gente de bien que compone el público.


Mis coleguis y yo esperando a que Chanel de la cara
4. Entre fotógrafos y profesionales de la moda reina el compañerismo: SÍ y NO. La delgada línea entre el amor y el odio es prácticamente transparente en esta modalidad fotoperiodistica. La ley del ‘sálvese quien pueda’ impera: el simpático italiano que te ha ofrecido un café en la cola puede escupirte al comprobar la inviabilidad de hacer su trabajo porque tú ocupas el lugar que, según él, le corresponde; el  chinito sumiso que responde en inglés y con una sonrisa al gorila de seguridad cuando éste le dice que “sin pase al backstage, no entras en el backstage”,  puede convertirse en un super hombre que no desiste y se cuela por cualquier recoveco  -hasta vistiéndose de modelo, si es necesario- para hacer sus fotos, hasta que el gigante viene a ponerlo otra vez de patitas en la calle. Esa francesita tan entrañable que te ha abierto un hueco a su lado, puede sufrir una crisis de ansiedad y comenzar a aporrear al cámara alemán de cinco metros que tiene al lado porque le ha movido sin querer el encuadre. En algún lugar leí que los fotógrafos de guerra a veces se pasan a la moda… y puedo creérmelo.

5. Es el mundo esperpéntico por excelencia: VERDADERO. Pocas veces se puede encontrar uno frente a una paradoja de tamañas dimensiones: lo hortera, chabacano y absurdo abunda en el lugar donde debería reinar el buen gusto.  Las pintas de la banda tiran para atrás.


Una Paris Hilton hortera cualquiera firmando un autógrafo
6.  La estupidez prevalece por encima de todo: VERDADERO. Aunque haya más de un pretendido intelectual paseándose por estos lares, lo cierto es que la mayoría de las personas que ‘viven’ este evento cultural nadan entre la frivolidad y la necedad más absolutas. Aunque haya excepciones como en todos lados, la brillantez de los comentarios del público, de las modelos y de los diseñadores deja ojiplático a cualquier ser humano normal que se pare a escuchar. Me es imposible ilustrar esta última parte por exceso de ejemplos, pero supongo que podréis comprenderme.


Venga, va, ¿quién se apunta a cubrir el próximo desfile?

miércoles, 25 de julio de 2012

Construir en el fin del mundo

La semana pasada salí de Baríis y me fui al norte de Francia en misión ‘reportaje’. La Agencia (y esto es un logro, porque no tenemos ni para bolis) había accedido a pagarme un billete a un pueblecito costero llamado Boulogne Sur Mer, en Pas-de-Calais, para ver de cerca un proyecto de vivienda social muy particular. Para quienes no tengáis muchas nociones de lo que supone ir al norte de Francia, más allá de sus bellísimos paisajes, os pondré en contexto.






Cuando llego a lo que comúnmente describiríamos como ‘culo del mundo’, sólo debo coger dos autobuses y caminar por unos terraplenes apartados de la mano de Dios para llegar a mi destino: la rue Auguste de Lacroix, tres hileras de casas que por sus colores bien podrían haber estado en Pinar de Río (Cuba), o en el popular barrio de Caminito, en Buenos Aires.

 Esas casitas asomadas al Canal de la Mancha y azotadas por un viento inclemente, que datan de los años 40 y solían ser vivienda de pescadores, hoy tienen como inquilinos a familias de bajos recursos y de las capas sociales más marginadas de Boulogne. Aquí la gente se dedica a la chatarrería, a la pesca, y a ver pasar la vida.

Sophie Ricard, una barisiina de 29 años, arquitecta encargada de la rehabilitación de estas viviendas, me abre la puerta con una amplia sonrisa. Su pequeño estudio, incrustado en la calle en reconstrucción, es al parecer la casa de todo el mundo.

En dos horas de entrevista, llaman la señora Nadia, que tiene un problema de humedades, un joven en chandal estilo delegación olímpica española que quiere compartir el rato y un poco de hierba con ella, obreros pidiéndole mediación con unos inquilinos, una marabunta de críos que se mueren de risa por mi acento y queren que salga a jugar con ellos… el desfile es interminable.
Sophie me cuenta que se mudó a ese lugar apartado de todo en julio de 2010 para compartir conocer a los vecinos, para hacerse ‘adoptar’ por ellos. Para adaptarse a sus necesidades, aprovechar sus habilidades y hacer sentirse útil a unas personas marginalizadas que, pese a ello, tenían mucho que ofrecer.
De hecho, la mayoría ha colaborado de forma activa en la renovación de sus viviendas. Juntos han trabajado en el aislamiento, reforma y embellecimiento de estas casas deshechas e insalubres que se caían de puro viejas, contando siempre con los habitantes, con su gusto “especial” (los papeles pintados elegidos para renovar las paredes merecerían un album de fotos) y su ilusión.
Materiales ecológicos y fomento del empleo en el barrio, al tener que contratar a chicos del vecindario, son dos buenos requisitos que se exige a la decena de empresas que participan en este proyecto, que demuestra cómo las cosas pueden hacerse de otra manera.
A la hora de hablar con los vecinos, Sophie me hace de traductora. El habla del Norte es una especie de gorgojeo de difícil comprensión. Eso, cuando no cambian directamente al Ch’tis, el dialecto local, sólo apto para nativos francófonos con buena intención y mucha paciencia.


La gente me cuenta que desde que el proyecto comenzó, cada vez hay menos robos y menos problemas en el barrio. Que la dejadez ha dado paso al orgullo de saber que se ha contribuido a mejorar su lugar de residencia. Que las relaciones entre los vecinos han mejorado.
Por aquí han desfilado todo tipo de asociaciones, de personas tratando de poner su granito de arena. "Nos vino un artista para hacer un taller de veletas personalizadas", me cuenta mostrándome la foto de un joven con bigote rubio a lo Dali y camiseta de rayas, "pero se cayó de un tejado, se abrió la cabeza y se acabó la experiencia", dice entre risas.


Ahora ponen su vista en un parque-jardín para que los niños jueguen y aprendan. Les va a ayudar un arquitecto japonés, Kinya Maruyama, del que al parecer los enanos también se burlan por su acento.
Quieren habilitar un local para que los chatarreros sigan con el oficio, el único que da de comer por aquí, ya que el alcalde dice (y no le falta razón), que los coches destripados en mitad de la calle no dan muy buen aspecto.
Aunque queda por ver si cuando Sophie haga sus maletas dentro de seis meses, las cosas no volverán al punto de partida, parece que hay mucha gente dispuesta a seguir reconstruyendo, creando y compartiendo.
De las casitas de colores parece desprenderse una rara armonía, a juego con la nueva solidaridad que se va tejiendo entre los vecinos de este barrio olvidado en el norte de Francia.