Conocí a Stéphane Hessel hace apenas unos meses, cuando era
una recién llegada a París.
Tuve la inmensa oportunidad de entrar en su casa,
estrecharle la mano y grabar la entrevista que Efe le hizo con motivo de su
última obra publicada en español (creo que hasta la fecha), “Comprometeos”.
A pasitos cortos, Hessel apareció en el umbral de la puerta y
nos escudriñó con sus ojos pequeños y despiertos, después nos sonrió y nos
llevó hasta un salón repleto de libros, donde respondió sin prisa a todas las
preguntas formuladas, ofreciéndonos un decálogo de verdades en forma de respuestas
largas, pero contundentes y precisas.
Un hombre que atraviesa dos siglos y se acerca a los cien
años ya es una enciclopedia viviente. Cuando ese hombre ha sido parte de la Resistencia
en la Segunda Guerra Mundial, preso en los campos de concentración nazis,
redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, diplomático y
político en Francia, defensor de la causa palestina siendo de origen judío, y activo
militante en prácticamente todas las causas sociales por las que la Humanidad
ha luchado en las últimas ocho décadas, no solo ha participado de la Historia:
ha hecho Historia.
Y cuando una persona así es capaz de hablar sin arrogancia, con
franqueza y sencillez, soltando verdades como puños, de esos que revientan toda
la hipocresía que nos rodea, se convierte en pura y simple Inspiración.
Por eso, después de superar el soponcio que me ha dado este
mediodía al oír a la presentadora del NODO -perdón, del telediario de TVE- llamarle Steven o Stephen
(WTF??), me ha cabreado enormemente que a
priori solo le mencionase como el autor del libro “Indignaos”.
Aunque Hessel se hiciera
famoso a escala planetaria gracias a esta obra, me parece infame que, en buena parte de los obituarios
publicados hoy, “autor de” haya sido la primera y principal coletilla, como si
ese fuera el mayor logro de este pensador y humanista irredento curtido en
todas las batallas.
Stéphane Hessel no merece ser considerado el creador de los Indignados por haber
escrito tal libro: sinceramente, no creo que la gente saliera a las calles al
llegar a la página 64 del pequeño ensayo que publicó de forma visionaria un año
antes del surgir de ese movimiento ciudadano.
Más bien, creo que presintió el burbujeo que subyacía en las
sociedades de países como España, Francia, Israel y tantos otros, vio lo que se avecinaba por la rabia latente que
el sistema político y económico imperante estaba despertando en la gente y le puso
el grito de guerra que después se ha popularizado en el mundo entero.
Pese a ello, me parece muchísimo más constructivo todo lo
que dijo antes y después de “Indignaos”. Porque Hessel, además de indignación, siempre pidió
compromiso.
“Indignarse está muy bien y es necesario, pero después hay
que comprometerse para cambiar aquello que nos ha sublevado”, recuerdo que
aseguró en aquella entrevista.
Y en esas estamos. En poco, hará dos años del inicio de un
movimiento llamado 15M, un levantamiento sin armas que a muchos nos hizo
despertar de golpe a la realidad social que nos rodeaba.
No quiero agradecer a Stéphane Hessel su pequeño escrito,
quiero agradecerle que nos recordara que, pese a tener 95 años, se puede
conservar el idealismo y la ilusión por cambiar las cosas.
Que nunca se debe dejar de seguir luchando, porque cosas que
creímos que nunca ocurrirían, pueden lograrse, y que a la inversa, derechos que
dábamos por garantizados, nos pueden ser arrebatados.
Creo que nos quiso dar a entender que la indignación, si no
se materializa en acciones concretas y en compromiso a largo plazo, se disuelve
como si nunca hubiera existido.
Stéphane Hessel demostró que solo cuando a la indignación se
suma una reacción, logramos convertirla
en dignidad.
Desde aquí, mi más sincero y humilde agradecimiento al
sabio, al pensador, al gran hombre que fue.