[Entrada no especialmente ocurrente para hacer bulto y no descuidar el blog ante una evidente falta de inspiración]
Los improperios sobre el transporte público, vivas donde vivas, forman parte de la conversación diaria en cualquier gran ciudad. Lo digo para que no penséis ‘mira esta, se cree que ha inventado la rueda’. Sin embargo, tras un día especialmente productivo en quejas relativas a la calidad del suburbano baríino –que no debe ser tan malo cuando los otros medios ni los he pisado-, he decidido compartir algunas impresiones.
La primera es que… cada metro, como cada ciudad, es un mundo.
Y estas, las siguientes:
• Señalización, ¿y eso qué es? En el metro de Baríis, encontrar la salida, sobre todo cuando vas con prisa, se convierte en una yincana. La palabra “sortie” se encuentra en una de cada tres bifurcaciones. Cuando subes y bajas las escaleras y deshaces el camino andado, la gente no se ríe: te mira entre compasiva y solidaria. En muchos casos comparte tu expresión de WTF, porque está igual de perdida que tú. Ah, si cuando llegas a un andén, dudas de si vas en la dirección correcta, date por jodido: el típico panel con la lista de paradas sólo está en los vagones, nunca en el andén.
• Mira hacia la izquierda! Palurda de mí, siempre creí que el metro debía venir forzosamente por el mismo sentido que la circulación por carretera. Me parecía lógico, pues pensaba que si sales del metro por la mañana super sobado y vas a cruzar la calle, no tener que pensar: “Espera, ¿¿arriba o abajo?? ¿¿Izquierda o derecha??” minimizaba los riesgos de morir atropellado. Madrid y Londres me confirmaron que ese era el orden natural de las cosas, Bruselas me pareció una rareza entrañable, pero ahora he descubierto que somos minoría. En realidad, cada suburbano viene por donde le sale del higo y en Baríis… es por la izquierda.
• Mouse friendly. Los verás correr, esconderse, jugar al ratón y al gato con los viajeros. Deberás tener cuidado de no pisar alguno cuando vas buscando la salida. Esos pequeños seres marrones y peludos son los dueños y señores del metro baríisino.
• Aviso políglota anti-carteristas. En esta ciudad se asume que los rateros (como los ratones) están por todas partes, y se preocupan de avisártelo por megafonía en francés, inglés, alemán, chino y hasta en ruso (de la última no estoy segura). El tipo que lo dice en español pronuncia en un tono latinoamericano neutro que recuerda al entrañable acento de las primeras películas de Disney.
• Los carteles políticamente incorrectos no son bienvenidos. La publicidad es omnipresente y ubicua dentro y fuera de los vagones, pero las alusiones al sexo quedan prohibidas cuando son demasiado explícitas, no sea que a los chavales les dé por descubrir su sexualidad y ocupen el tiempo echando clavos (que es gratis) en lugar de dedicarse a consumirconsumirconsumir…
• Vagabundos como en casa. Con el frío que hace en esta ciudad, me parece lo más lógico del mundo que los homeless se aposenten en uno de los pocos sitios donde el aire no se congela al salir de la boca. Sin embargo, es curioso que, a diferencia de otros sitios donde he estado, aquí nadie los echa. Duermen en el andén, frente a las vías, comparten pitis y risas (de vez en cuando te piden fuego) y he visto a alguno de los trabajadores del metro llamándoles “chef” (jefe). Curioso asunto.
• El deporte local. Estoy segura de que los habitantes de Baríis romperían cualquier récord en las olimpiadas en la modalidad salto de valla. Saltan ellos y ellas, viejos y jóvenes (aunque los segundos, más), sea cual sea su raza, su afiliación política o su religión. Aquí esquivar los tornos es un arte y una tradición, y tan plenamente asentada, que s los trabajadores del metro se la refanflinfla y ni se inmutan. Sólo te miran pensando (supongo): “como os pille el revisor, os vais a cagar”.
• Por las vistas lo sabrás. Cuando buscaba casa, descubrí un método simple y revelador para descubrir, antes incluso de bajarme del vagón y sin haber pisado antes una zona, si era chunga o no: si las vías iban sobre un puente en vez de bajo tierra, malo. Es posible que esta característica, como otras descritas arriba, se repitan en otras ciudades, pero me pareció una regla infalible y tenía que ponerla en común.
• Metro de Baríis: vuela. Pero sólo cuando quiere. Cuando no quiere, las puertas pueden permanecer abiertas durante un cuarto de hora largo en cada estación. Los grados de desesperación van en este orden, según lo que se escucha por el altavoz: 1º “Perturbations dans le traffic”: leve inquietud; 2º “Traffic ralenti”: nerviosismo creciente; 3º “Traffic fortement ralenti”: cabreo incipiente; 4º “Traffic très fortement ralenti”: risa y resignación. La risa va a más cuanto te das por vencido y cambias de línea para descubrir, por ejemplo, que en vez de atajar, has pasado del grado 2 al 4. Eso sí, en todos los casos el señor conductor repite sin pausa y con mucha educación: “Mesdames et monssieurs, patientez” (mezcla de “esperen” y “tengan paciencia”). Claro que, cuando llegas media hora al trabajo –otra vez- sueles responder mentalmente: “tu puta madre”.
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