Cuando llego a lo que comúnmente describiríamos como ‘culo del mundo’, sólo debo coger dos autobuses y caminar por unos terraplenes apartados de la mano de Dios para llegar a mi destino: la rue Auguste de Lacroix, tres hileras de casas que por sus colores bien podrían haber estado en Pinar de Río (Cuba), o en el popular barrio de Caminito, en Buenos Aires.
Esas casitas asomadas al Canal de la Mancha y azotadas por un viento inclemente, que datan de los años 40 y solían ser vivienda de pescadores, hoy tienen como inquilinos a familias de bajos recursos y de las capas sociales más marginadas de Boulogne. Aquí la gente se dedica a la chatarrería, a la pesca, y a ver pasar la vida.
Sophie Ricard, una barisiina de 29 años, arquitecta encargada de la rehabilitación de estas viviendas, me abre la puerta con una amplia sonrisa. Su pequeño estudio, incrustado en la calle en reconstrucción, es al parecer la casa de todo el mundo.
En dos horas de entrevista, llaman la señora Nadia, que tiene un problema de humedades, un joven en chandal estilo delegación olímpica española que quiere compartir el rato y un poco de hierba con ella, obreros pidiéndole mediación con unos inquilinos, una marabunta de críos que se mueren de risa por mi acento y queren que salga a jugar con ellos… el desfile es interminable.
Sophie me cuenta que se mudó a ese lugar apartado de todo en julio de 2010 para compartir conocer a los vecinos, para hacerse ‘adoptar’ por ellos. Para adaptarse a sus necesidades, aprovechar sus habilidades y hacer sentirse útil a unas personas marginalizadas que, pese a ello, tenían mucho que ofrecer.
De hecho, la mayoría ha colaborado de forma activa en la renovación de sus viviendas. Juntos han trabajado en el aislamiento, reforma y embellecimiento de estas casas deshechas e insalubres que se caían de puro viejas, contando siempre con los habitantes, con su gusto “especial” (los papeles pintados elegidos para renovar las paredes merecerían un album de fotos) y su ilusión.
Materiales ecológicos y fomento del empleo en el barrio, al tener que contratar a chicos del vecindario, son dos buenos requisitos que se exige a la decena de empresas que participan en este proyecto, que demuestra cómo las cosas pueden hacerse de otra manera.
A la hora de hablar con los vecinos, Sophie me hace de traductora. El habla del Norte es una especie de gorgojeo de difícil comprensión. Eso, cuando no cambian directamente al Ch’tis, el dialecto local, sólo apto para nativos francófonos con buena intención y mucha paciencia.
La gente me cuenta que desde que el proyecto comenzó, cada vez hay menos robos y menos problemas en el barrio. Que la dejadez ha dado paso al orgullo de saber que se ha contribuido a mejorar su lugar de residencia. Que las relaciones entre los vecinos han mejorado.
Por aquí han desfilado todo tipo de asociaciones, de personas tratando de poner su granito de arena. "Nos vino un artista para hacer un taller de veletas personalizadas", me cuenta mostrándome la foto de un joven con bigote rubio a lo Dali y camiseta de rayas, "pero se cayó de un tejado, se abrió la cabeza y se acabó la experiencia", dice entre risas.
Quieren habilitar un local para que los chatarreros sigan con el oficio, el único que da de comer por aquí, ya que el alcalde dice (y no le falta razón), que los coches destripados en mitad de la calle no dan muy buen aspecto.
Aunque queda por ver si cuando Sophie haga sus maletas dentro de seis meses, las cosas no volverán al punto de partida, parece que hay mucha gente dispuesta a seguir reconstruyendo, creando y compartiendo.
De las casitas de colores parece desprenderse una rara armonía, a juego con la nueva solidaridad que se va tejiendo entre los vecinos de este barrio olvidado en el norte de Francia.