Último día en Efe, último día en Baríis. Si hace doce meses me hubieran dicho que en este momento me encontraría aquí, pocos minutos después del inicio de mi primer fin del mundo, en la capital de Francia, no habría podido creerlo.
Mi destino era El Cairo, esa ciudad áspera, caótica, polvorienta, cálida, violenta, dinámica, y lejana, muy lejana, sentimental y geográficamente, de todo cuanto había conocido hasta la fecha.
Sin embargo el destino giró, dio una vuelta de tuerca de más y me plantó de culo en otra capital europea, en un lugar de calles asfaltadas, red de transporte común moderadamente puntual y una lengua dulce aunque decepcionantemente conocida.
Cuando llegué me podía la rabia y el hastío antes siquiera de haber empezado.
Y sin querer me fui adaptando.
Es ahora cuando me doy cuenta de que sí, no cabe duda de que El Cairo habría sido una experiencia increible, pero posiblemente allí no habría tenido acceso a ciertas cosas que aquí si he tenido la oportunidad de conocer.
En Baríis he oído cientos de veces voces en árabe, pero también en chino, japonés, alemán, italiano y turco, hablando no de torres Eiffeles, sino de hacer la compra o ir a la lavandería, haciendo de esta ciudad una cotidianeidad políglota.
En Baríis he podido hablar con gente que ha vivido dictaduras y revoluciones, he llegado incluso a entrevistar al futuro presidente del Consejo Nacional sirio; pero también he visto y escrito sobre el extremadamente frívolo mundo de la moda, la indigencia surrealista e impropia de un supuesto Estado de Bienestar con mayúsculas o la explosión cultural que sólo puede encontrarse en un lugar donde, como me dijo una entrevistada, el arte es un bien de Estado.
He hablado como personas tan variopintas y diferentes como Stéphane Hessel y Rossy de Palma; Romeo Langlois y Plácido Domingo; he conocido a dictadores africanos, indígenas latinoamericanos, estrellas del rock y del cine, nacional e internacional, refugiados kurdos y diseñadores de alta costura.
Estar en Baríis ha mantenido cerca a quien más quiero.
Del lugar al que no fui, probablemente me he perdido historias que no podré recuperar, pero me quedan tantas otras por vivir que ya no me preocupa en absoluto.
Sólo sé que estoy aquí y ahora, y que formo parte del tipo de personas que aman de la misma forma partir y llegar, y que donde están acaban sintiéndose bien.
Lo describía perfectamente el escritor Jean Claude Izzo, uno de esos hombres que es al mismo tiempo de todas partes y de ningún sitio: “ser de otro lugar lo cambia todo, pero en cualquier caso, allá donde estoy, siempre me siento en casa”.
Y así es: aunque no sepa por cuanto tiempo, Baríis se ha convertido en mi casa, así que aunque mañana coja un avión de vuelta a Madrid, en enero vuelvo aquí, a esta ciudad poliédrica que es tantas ciudades a la vez.
Yo me voy, Baríis, pero volveremos a vernos de nuevo, porque aunque traduzcamos “au revoir” como “adios”, en realidad significa “hasta la vista”.
Eres una genia! :)
ResponderEliminarCada día me sorprendes más con tus palabras... Como cuando de pequeñas me dejabas leer tus cuentos.
Muy grande... Como tú.
ResponderEliminarGenial post, genial despedida. Y una perfecta descripción de la otra parte de París menos conocida y que también -y mucho- enamora.
Qué ganas de reencuentro.