jueves, 4 de octubre de 2012

Mitos y realidades de la Moda en Baríis


Amigos y amigas: con motivo del fin de la Fashion Week, he decidido romper el silencio en esta bitácora con una nueva entrada.

Aunque hasta ahora me haya resistido a ver esta bendita ciudad con objetividad y haya ignorado que la Moda se respira en ella en todas sus formas, tras ocho meses de residencia en la capital francesa he decidido rendirme a la evidencia: mi blog no se llama La Vie à Baríis por la transcripción fonética de la escritura en árabe de París, se llama Baríis por la palabra Bobo. Baríis es el lugar Bobo por antonomasia.

Para quien se pregunte de qué hablo, Bobo, en argot francés, parte de la contracción “Bourgeois-Bohème” (Burgués-Bohemio) y define como ninguna otra acepción el snobismo y gafapastismo que inundan las calles de esta ciudad. En cualquier momento y en cualquier situación, comprando el pan o durante la visita semanal a la lavandería, se puede observar a personas que han dedicado al menos tres horas y la mitad de tu salario mensual a vestirse en código casual-divinodelamuerte.

Baríis es fashion, como prueba el hecho de que se trata del único lugar en la Tierra donde las dos reglas que cualquier madre enseña a su hija a temprana edad (“no mezclarás ni azul marino con negro, ni  rayas con cuadros”) se saltan a la torera sin que ello arruine el look hiper cool del personal.
Tras esta breve introducción, espero que nadie ponga en duda que la Fashion Week o Semana de la Moda en Baríis, que en tanto que periodista, me toca vivir de cerca, es MIL VECES más infernal que la Fashion Week de Milán, Nueva York o Madrid.

Tras consultar a numerosos expertos y vivir en carne propia la experiencia, a continuación relato los mitos y realidades que rodean este acontecimiento “cultural”.


Vestido super ponible un lunes cualquiera
1. Sólo existe una Fashion Week: FALSO. A falta de una, a lo largo del año se celebran varias Fashion Week: la de la Haute-Couture, la del Prêt-à-Porter (o Listo-para-llevar, aunque nadie en su sano juicio saldría a la calle con las prendas que desfilan por las pasarelas estas semanas), la de Moda para hombre, la de Primavera/Verano, la Otoño/Invierno…de esta forma, la fiesta está garantizada tooodo el año.

2. Se trata de un evento elitista en todos los sentidos: VERDADERO. Desde el inicio hasta el final de los desfiles, tanto si te toca trabajar en ellos como si “sólo” asistes como espectador, podrás entender de qué hablo. En muchos sentidos, se asemeja bastante a plantearte salir de fiesta a una discoteca ultra pija: hay que hacer una cola de espanto para pasar, entran primero los super guays que conocen a los puertas (esto vale para invitados y para fotógrafos y cámaras), dentro la música está a toda ostia, y sólo hay tías buenas y gente con pasta.

3. En él reina la profesionalidad: FALSO.  Los desfiles comienzan sin excepción entre media hora y una hora tarde. El podium donde se sitúan cámaras y fotógrafos suele medir unos 10 metros cuadrados y en él deben entrar unos 50 profesionales, lo cuál es como mínimo incómodo y en la mayoría de los casos, un atentado contra los derechos humanos. Trabajar en un pequeño Babel donde un japonés te mete su objetivo por el ojo, un francés te golpea la cabeza con el codo mientras dispara y debes encajarte en unos 35 centímetros sin respirar para encontrar el buen plano… NO ES FORMA DE TRABAJAR. La mejor parte (la única buena, en realidad) llega cuando, en medio de una sala repleta de gente vomitiva y con un desfile que no comienza, los fotógrafos italianos empiezan a berrear a 3.000 decibelios “LET’S GO, CAZZO!!!” ante la mirada indignada de las celebrities y gente de bien que compone el público.


Mis coleguis y yo esperando a que Chanel de la cara
4. Entre fotógrafos y profesionales de la moda reina el compañerismo: SÍ y NO. La delgada línea entre el amor y el odio es prácticamente transparente en esta modalidad fotoperiodistica. La ley del ‘sálvese quien pueda’ impera: el simpático italiano que te ha ofrecido un café en la cola puede escupirte al comprobar la inviabilidad de hacer su trabajo porque tú ocupas el lugar que, según él, le corresponde; el  chinito sumiso que responde en inglés y con una sonrisa al gorila de seguridad cuando éste le dice que “sin pase al backstage, no entras en el backstage”,  puede convertirse en un super hombre que no desiste y se cuela por cualquier recoveco  -hasta vistiéndose de modelo, si es necesario- para hacer sus fotos, hasta que el gigante viene a ponerlo otra vez de patitas en la calle. Esa francesita tan entrañable que te ha abierto un hueco a su lado, puede sufrir una crisis de ansiedad y comenzar a aporrear al cámara alemán de cinco metros que tiene al lado porque le ha movido sin querer el encuadre. En algún lugar leí que los fotógrafos de guerra a veces se pasan a la moda… y puedo creérmelo.

5. Es el mundo esperpéntico por excelencia: VERDADERO. Pocas veces se puede encontrar uno frente a una paradoja de tamañas dimensiones: lo hortera, chabacano y absurdo abunda en el lugar donde debería reinar el buen gusto.  Las pintas de la banda tiran para atrás.


Una Paris Hilton hortera cualquiera firmando un autógrafo
6.  La estupidez prevalece por encima de todo: VERDADERO. Aunque haya más de un pretendido intelectual paseándose por estos lares, lo cierto es que la mayoría de las personas que ‘viven’ este evento cultural nadan entre la frivolidad y la necedad más absolutas. Aunque haya excepciones como en todos lados, la brillantez de los comentarios del público, de las modelos y de los diseñadores deja ojiplático a cualquier ser humano normal que se pare a escuchar. Me es imposible ilustrar esta última parte por exceso de ejemplos, pero supongo que podréis comprenderme.


Venga, va, ¿quién se apunta a cubrir el próximo desfile?

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