miércoles, 27 de febrero de 2013

Hessel y la dignidad


Conocí a Stéphane Hessel hace apenas unos meses, cuando era una recién llegada a París.

Tuve la inmensa oportunidad de entrar en su casa, estrecharle la mano y grabar la entrevista que Efe le hizo con motivo de su última obra publicada en español (creo que hasta la fecha), “Comprometeos”.
A pasitos cortos, Hessel apareció en el umbral de la puerta y nos escudriñó con sus ojos pequeños y despiertos, después nos sonrió y nos llevó hasta un salón repleto de libros, donde respondió sin prisa a todas las preguntas formuladas, ofreciéndonos un decálogo de verdades en forma de respuestas largas, pero contundentes y precisas.
Un hombre que atraviesa dos siglos y se acerca a los cien años ya es una enciclopedia viviente. Cuando ese hombre ha sido parte de la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial, preso en los campos de concentración nazis, redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, diplomático y político en Francia, defensor de la causa palestina siendo de origen judío, y activo militante en prácticamente todas las causas sociales por las que la Humanidad ha luchado en las últimas ocho décadas, no solo ha participado de la Historia: ha hecho Historia.  
Y cuando una persona así es capaz de hablar sin arrogancia, con franqueza y sencillez, soltando verdades como puños, de esos que revientan toda la hipocresía que nos rodea, se convierte en pura y simple Inspiración.
Por eso, después de superar el soponcio que me ha dado este mediodía al oír a la presentadora del NODO -perdón,  del telediario de TVE- llamarle Steven o Stephen (WTF??), me ha cabreado enormemente que a priori solo le mencionase como el autor del libro “Indignaos”.
Aunque  Hessel se hiciera famoso a escala planetaria gracias a esta obra, me parece  infame que, en buena parte de los obituarios publicados hoy, “autor de” haya sido la primera y principal coletilla, como si ese fuera el mayor logro de este pensador y humanista irredento curtido en todas las batallas.
Stéphane Hessel no merece ser considerado el creador de los Indignados por haber escrito tal libro: sinceramente, no creo que la gente saliera a las calles al llegar a la página 64 del pequeño ensayo que publicó de forma visionaria un año antes del surgir de ese movimiento ciudadano.
Más bien, creo que presintió el burbujeo que subyacía en las sociedades de países como España, Francia, Israel y tantos otros,  vio lo que se avecinaba por la rabia latente que el sistema político y económico imperante estaba despertando en la gente y le puso el grito de guerra que después se ha popularizado en el mundo entero.
Pese a ello, me parece muchísimo más constructivo todo lo que dijo antes y después de “Indignaos”.  Porque Hessel, además de indignación, siempre pidió compromiso.
“Indignarse está muy bien y es necesario, pero después hay que comprometerse para cambiar aquello que nos ha sublevado”, recuerdo que aseguró en aquella entrevista.
Y en esas estamos. En poco, hará dos años del inicio de un movimiento llamado 15M, un levantamiento sin armas que a muchos nos hizo despertar de golpe a la realidad social que nos rodeaba.
No quiero agradecer a Stéphane Hessel su pequeño escrito, quiero agradecerle que nos recordara que, pese a tener 95 años, se puede conservar el idealismo y la ilusión por cambiar las cosas.
Que nunca se debe dejar de seguir luchando, porque cosas que creímos que nunca ocurrirían, pueden lograrse, y que a la inversa, derechos que dábamos por garantizados, nos pueden ser arrebatados.
Creo que nos quiso dar a entender que la indignación, si no se materializa en acciones concretas y en compromiso a largo plazo, se disuelve como si nunca hubiera existido.
Stéphane Hessel demostró que solo cuando a la indignación se suma una reacción, logramos  convertirla en dignidad.
Desde aquí, mi más sincero y humilde agradecimiento al sabio, al pensador, al gran hombre que fue.

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